Invalidez moral

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No tengo televisión en casa. Quiero decir: poseo un televisor de los antiguos, de esos de trasero pronunciado sobre el que puedo montar el portal de Belén además de lucir un pañito de croché que me confeccionó mi adorable tía Paca. Las pantallas extraplanas me parecen anoréxicas; voy en busca de lo auténtico, por eso no he cambiado de televisor. Cuando se produjo el apagón analógico, no puse TDT. Mi pequeña familia disfuncional protestó airadamente al quedarse sin la señal de la tele, pero yo la convencí con un argumento de peso: «Pues a fastidiarse tocan». Sin embargo, el viernes pasado por la noche recalé en casa de unos amigos, unos «peterpanes» de más de cuarenta años que no tienen hijos, ni hipotecas ni perro que les ladre. Habían encendido la tele y, entre los bloques de anuncios, se podía ver más o menos un programa del corazón. Me quedé pegada a la pantalla, fascinada, abducida, lobotomizada, mentalmente exinanida. Un tipo que lucía un sospechoso aire de familia con Jabba The Hut, el alienígena con sobrepeso de Star Wars, se sometió, a cambio del correspondiente cheque, a una especie de juicio sumarísimo retransmitido en directo debido a que está acusado de formar parte de una «presunta» trama de fraude a la Seguridad Social en la que según parece están implicados incluso parientes de un torero «presuntamente» (sólo con ver un programa de éstos una ya se aprende la terminología básica). Se trata de la «Operación Karlos». El inculpado, estrella televisiva de saldo, era el ex jefe de la Policía Local de Ubrique. Tengo en la más alta consideración a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado. Creo que son de las mejores del mundo gracias al extraordinario capital humano de sus miembros, no por sus medios materiales o sus sueldos. Siempre hay excepciones, claro, como ese hombre que «presuntamente» ideó una trama para conseguir fraudulentamente incapacidades, y por tanto pensiones vitalicias, compinchado con algunos funcionarios y médicos corruptos, y su novia, que se justificó en televisión diciendo que «hay gente que hace cosas peores, los etarras…». Ahí estuve a punto de sufrir un soponcio: «¡¿hasta dónde hemos llegado?!», pensé, «si a la maldad y la picaresca le sumamos la idiotez, ¿qué tenemos?». «La situación actual», me respondió ayer, con tono deprimido, un honrado policía, «ahora resulta difícil tener moral, integridad y decencia. Porque no hay recompensa de ningún tipo…».