La hora de los Komarovskys

La Razón
La Razón FOTO: La Razón

Uno de los peores inconvenientes de las adaptaciones cinematográficas de novelas es la supresión de personajes esenciales o la reducción de su importancia en favor de una trama principal. Para aquellos que recuerden «Doctor Zhivago» en la versión de David Lean, Viktor Ipolitovich Komarovsky, al que encarnaba Rod Steiger, es sólo el primer amante de Lara y antes de su madre que aparece en algunos momentos de la acción. Seguramente, no podía contarse mucho más sobre él en aquella producción épica, pero el personaje daba de por sí para una novela o varias. Komarovsky es el prototipo del hombre que sabe olfatear en el horizonte el cambio político y lo aprovecha en beneficio propio. Cuando el zarismo se resquebraja en la revolución de 1905, Komarovsky logra alinearse con las reformas liberales y entrar en la Duma como diputado. Al estallar la primera guerra mundial, se da cuenta de que va a producirse un estallido aún mayor y con años de antelación comienza a pactar y dar dinero a los futuros amos de Rusia. Cuando, finalmente, Lenin perpetra el golpe de estado de octubre de 1917, Komarovsky está ya junto a los bolcheviques y se ve, por enésima vez, promocionado. Zhivago pasará penurias y morirá de un ataque cardíaco; Lara desaparecerá en la vorágine de las purgas; Tonya y su familia sufrirán un exilio del que no llegarán a regresar. Sólo Komarovsky sabe lo que va a suceder y, anticipándose, se sitúa en los mejores lugares. Recuerdo todo esto no porque me entusiasme la novela de Pasternak –que también– sino porque en los últimos tiempos no dejo de ver Komarovskys que no hablan ruso, pero sí español, catalán y hasta vascuence. Durante años, no se fiaron un pelo de Rajoy o incluso le bailaron servilmente el agua a ZP. Ahora, cineastas y productores, cantantes y bailarines, empresarios y banqueros, periodistas y clérigos, policías y ladrones cantan las loas de Mariano como si fuera un cruce de Churchill, Adenauer y Marilyn Monroe. En una nación donde el converso del judaísmo podía llegar a obispo y el antiguo falangista ha ocupado importantes cargos en el PSOE, semejante birlibirloque no debería extrañar. Y sin embargo… Sin embargo, estoy convencido de que a Rajoy no le va a hacer ningún bien esa nueva y creciente corte de adeptos. En términos reales, la suerte que le espera de ganar las elecciones no se la desearía yo ni a mis peores enemigos. Tendrá que neutralizar a la izquierda montaraz, frenar a los nacionalistas y, sobre todo, convencer a la Unión Europea de que las cosas han cambiado tras ZP y no tienen razones objetivas para expulsarnos del euro. Todo ello en medio de una crisis económica galopante, de una imperiosa necesidad de reformar la legislación laboral contra los sindicatos y del adelgazamiento –despidos de funcionarios incluidos– absolutamente obligatorio del sistema autonómico. No seré yo el que anuncie que lo va a conseguir o que es el hombre del destino. Mentiría si dijera que Rajoy ha disipado todas mis dudas o me convence por completo. Lo único que me atrevería a afirmar es que no puede ser peor que ZP. Pero yo, a fin de cuentas, no soy Komarovsky. Incluso me conformaría con ser Zhivago si en el horizonte de mi vida puedo seguir contemplando la silueta de Lara.