El genio femenino (II) por Lydia Jiménez

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En el discurso a la Delegación de la Santa Sede en la Conferencia de Pekín (29-8-95), el Papa hace un llamamiento a todas las organizaciones católicas para que trabajen por promover la educación de la mujer, erradicando la «feminización de la pobreza» vinculada al analfabetismo y promoviendo la debida igualdad y desarrollo, a fin de lograr «nuevas formas de liderazgo en el servicio».

Mary Ann Glendon, jefa de la Delegación de la Santa Sede en la Conferencia de Pekín, habló de la solidaridad de las mujeres en todos los sectores de la sociedad, evitando el individualismo en la reivindicación de sus derechos; pidió que se promovieran los talentos de la mujer sin menoscabar su papel en la familia y en los trabajos no remunerados, que se diese prioridad a los valores humanos sobre los económicos, y dijo: «Ahora tenemos que mirar al futuro. Cuanto más libres sean las mujeres para compartir sus bienes con la sociedad y para asumir el liderazgo social, mayores serán las perspectivas de progreso en sabiduría, justicia y dignidad de vida para toda la comunidad humana» (discurso del 5-9-1995).

Influencia y poder
Y el Vaticano II, en su Mensaje a las Mujeres el Día de la Mujer, la Inmaculada (8-12-1965), decía:
«Llega la hora, ha llegado la hora en que la vocación de la mujer se cumple en plenitud, la hora en que la mujer adquiere en el mundo una influencia, un peso, un poder jamás alcanzados hasta ahora. Por eso, en este momento en que la humanidad conoce una mutación tan profunda, las mujeres llenas del espíritu del Evangelio pueden ayudar mucho a que la humanidad no decaiga». Este siglo XXI tiene ante sí el reto de humanizar un mundo deshumanizado que ha oscurecido el rostro de Dios. Necesitamos manos, corazón, sonrisa de madre. Este tiempo, por otra parte, ofrece, como nunca antes en la historia, a la mujer inmensas posibilidades para hacerse presente en la sociedad. Debe hacerse presente, efectivamente, pero con todo su «genio femenino», con su «maternidad». Ella puede, ahora, ejercer un influjo creativo, emprendedor, renovador, humanizador, en toda la sociedad: empresa, política, ciencia, medicina, educación, cultura, medios de comunicación, etc.

Esto en modo alguno es algo obligatorio e indispensable a todas las mujeres. Habrá algunas o muchas que desearán entregarse a su familia de lleno, para siempre o por temporadas. Ello deben hacerlo con seguridad y satisfacción, pues cumplen plenamente de esa forma su vocación como mujeres. Obligar a la mujer, para realizarse, a trabajar fuera, sería concebir la realización en términos de productividad y eficacia y no facilitarle su inserción en el mundo laboral, compatible con su «maternidad», una tremenda pérdida para la sociedad.

El primer papel de la mujer en la sociedad consistirá, por tanto, en que sea ella misma. Con toda su identidad, con toda su feminidad. Para ello debe cambiar la mentalidad tan dañada por la ideología de género, que lejos de ayudar a la mujer a liberarse la ha sometido a una esclavitud mayor, la de perder su identidad. Así no será fecunda ni feliz, ni lo será la sociedad. Sólo lo será siendo fiel a lo que es, mujer, madre en todo lo que hace.

Termino con unas palabras de agradecimiento del Papa Benedicto XVI a las madres (2-3-2006):
«El Papa os expresa su gratitud porque habéis dado la vida, porque queréis ayudar a esta vida que crece y así queréis construir un mundo humano, contribuyendo a un futuro humano. Y no lo hacéis sólo dando la vida biológica, sino también comunicando el centro de la vida, dando a conocer a Jesús, introduciendo a vuestros hijos en la amistad con Jesús. Por consiguiente, es preciso dar las gracias a las madres, sobre todo porque han tenido la valentía de dar la vida. Y es necesario pedir a las madres que completen ese dar la vida comunicando la amistad con Jesús».

 

Lydia Jiménez
Presidenta del Consejo Directivo de la Universidad Católica de Ávila; directora general del Instituto Secular Cruzadas de Santa María, y consultora del Pontificio Consejo de la Familia