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Pomerania 1938

La Razón
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El año de 1938 no fue precisamente fácil. Quizá en España pudiera pensarse que la Guerra Civil estaba llegando a su final, pero en el resto de Europa existía un sentimiento creciente de que el drama se acercaba. Cierto. Gran Bretaña y Francia con la mediación interesada de la Italia mussoliniana habían entregado Checoslovaquia a Hitler poniendo a su merced a los que F. F. Bruce definió como «los únicos demócratas que había en Europa central». Sin embargo, a esas alturas había que ser muy estúpido como para no darse cuenta de que aquel paso no había sido el final de las apetencias del Führer sino sólo un triunfo añadido a su agresiva política. Fue precisamente entonces, en los últimos días del mes, cuando un joven teólogo llamado Dietrich Bonhoeffer se reunió clandestinamente en Pomerania con miembros de la denominada Iglesia confesante. Formaban aquella entidad evangélicos que habían decidido oponerse al mensaje nacionalista e idólatra de Hitler y que ya contaban con diversos detenidos en distintas prisiones como era el caso de Martin Niehmoller, al que el Führer denominaba bastante seriamente «mi prisionero particular». También ellos sabían que la guerra podía estallar en cualquier momento y que ya se contaban por millares los que se encontraban recluidos en campos de concentración. Bonhoeffer había tenido diversas ofertas para marcharse al extranjero, en especial a Estados Unidos, ahora que parecía que Europa se iba a ver sometida a una guerra mundial aún peor que la que había estallado en 1914. Ayudaba a esos ofrecimientos el que algunas de sus obras teológicas, como «El precio de la gracia», fueran ya clásicos apreciados por miembros de las más diversas confesiones. Sin embargo, Bonhoeffer había decidido rechazar aquellas posibilidades y quedarse en Alemania a pesar del riesgo. No pensaba, desde luego, callar. En aquellos días de finales de octubre, pronunció una predicación ante otros miembros de la denominada Iglesia confesante basada en un pasaje del libro de Josué. En él se relata que, aunque algunas de las tribus de Israel ya habían recibido su parte de la Tierra prometida al otro lado del Jordán, decidieron, sin embargo, seguir combatiendo y no darse respiro hasta que sus hermanos tuvieran un territorio en el que asentarse. No actuaron así por necesidad propia sino por un sentido de fraternidad y solidaridad ineludible. Ésa era la razón por la que Bonhoeffer iba a permanecer en Alemania y ésa era la causa por la que convocaba a los presentes a hacer lo mismo y resistir al nacional-socialismo. Bethge contaría años después que las palabras del teólogo electrizaron a los presentes. Desde luego, Bonhoeffer fue consecuente con su visión. Insertado en la Resistencia alemana, fue detenido por la Gestapo, pero en la cárcel continuó escribiendo páginas conmovedoras de fe en Cristo y de oposición al mal. Fue ahorcado por las SS apenas unos días antes de que concluyera la guerra. Años después los que lo conocieron en la cárcel seguirían recordándolo como un cristiano ejemplar. Estos días he recordado a Bonhoeffer no tanto por la cercanía del aniversario de aquella reunión en Pomerania como porque España atraviesa tiempos recios. Tanto que el ciudadano de a pie tendrá también que decidir si sigue combatiendo por la libertad de sus conciudadanos o si, por el contrario, permite que queden sumidos trágicamente en la esclavitud de nuevos totalitarismos nacionalistas.