CRÍTICA DE CINE / Contagio: El auténtico terror

 

Una escena de la película
Una escena de la película

Director: Steven Soderbergh. Guión: Scott Z. Burns. Intérpretes: Matt Damon, Kate Winslet, Marion Cotillard, Jude Law, Gwyneth Paltrow. EE UU, 2011. Duración: 106 minutos. Thriller.

Steven Soderbergh ha hecho una película tan apasionante como antipática. Por un lado, la urgencia con que retrata la expansión de un virus parecido a la gripe asiática es contagiosa, puro nervio microbiano. Por otro, la desafección por el elemento humano –que demuestra al matar a una de las estrellas del reparto a los cinco minutos de metraje– puede provocar un cierto rechazo. Es el estilo de Soderbergh, frío como una cuchilla de afeitar: si su biografía del Che se reducía a una descripción detallada de sus estrategias de guerrilla, su singular aproximación al cine de catástrofes víricas se parece más a «Todos los hombres del presidente» que a «Estallido». Es decir, «Contagio» está más interesada en los procedimientos científicos para combatir la enfermedad y los efectos de ésta en lo que entendemos por sociedad civilizada que en dramatizar el sufrimiento de las víctimas. El espectador carece de espejos en los que mirarse, obligado a identificarse, no con personajes, que existen casi como datos de un informe estadístico, sino con un concepto, el del fin del mundo tal y como lo conocemos.

Es admirable el modo en que carga sus armas de destrucción masiva: el veloz montaje de planos detalle de una mano portadora de infección conteniendo una tos, cogiendo un cacahuete de un bol o tocando una tarjeta de crédito, nos hace conscientes de inmediato de la fragilidad de la vida humana en un mundo en el que estamos condenados a estar conectados. En pocos segundos Soderbergh sabe crear el ADN de una película de terror realista, casi documental, un thriller cerebral para tiempos paranoicos. De la pandilla de estrellas más o menos maltratadas por el virus, el peor parado es Law, que interpreta a un bloggero siempre dispuesto a echar más leña al fuego y que está al límite de la caricatura. Es un personaje necesario en la medida en que nos alerta de otro virus, el de las verdades a medias de internet, que también se extiende como la pólvora, pero su histriónica vehemencia, casi de villano de cómic, desentona con el rigor del conjunto.