Historia

Cuestión de amor

La Razón
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Al final, todo es una decisión moral, hasta la política sanitaria. Favorecer o no la procreación, empujar a la mujer hacia el aborto o a la conciliación, apoyar a los ancianos o promover su eutanasia, integrar a los discapacitados o aislarlos. Es todo fruto de una opción personalísima del político.
Cuando Adolfo Hitler hizo exterminar a los enfermos mentales, adujo razones económicas –y las había– y motivos demográficos –supongo que también los habría–, pero el motivo último era su moral: la convicción de que la grandeza humana coincidía con la excelencia física y psíquica. La política sanitaria que hoy describe La Razón antepone un cambio de sexo, por ejemplo, a la financiación de una prótesis, o la anticoncepción a la integración de un enfermo.
En definitiva, prefiere la filosofía de género a la familia; o la libertad genital (vamos a llamarla así) al apoyo a los enfermos. No es nada nuevo en la Historia. Hay una íntima relación entre las convicciones del ministro de Sanidad y del jefe de Gobierno. Y entre la historia personal de ambos y la política nacional.
Piensen, por ejemplo, en la importancia que ha tenido en la nueva y extrema ley de aborto española el que las representantes que la impulsaron no tuviesen hijos: ni Teresa Fernández de la Vega, ni Trinidad Jiménez, ni Leire Pajín, ni Bibiana Aído. A mí me gustaría que el nuevo ministro amase la familia, con enfermos, ancianos y limitados físicos y psíquicos incluidos.
Creo, humildemente, que sería más realista, caritativo y más eficaz para nuestros problemas más acuciantes.