«Churos y poras»

La Razón
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Viene a media mañana mi hermana Linda con su niña Rosalía, de 4 años, ¿no?: «Mira, tío: te hemos traído churos y poras».
-Churrros, Rrrosalía. Jo, ya va siendo hora de que aprendas: porrras.
-Bueno, mami, no merujas así, que te pones fea.
-Venga, no te pongas dictadora: ¿quieres cambiarle la fonémica a la niña así, a golpe de corneta? Su razón tendrá ella para no distinguir entre la vara y la barra.
-¿Ah, sí? ¿su razón? A ver…
-¿A que sí, tío?, ¡a que tengo mirazón?
-Claro, corazón.
-Niña: véte un poco a la alcoba a jugar con el hipopótamo.
-Vale; pero no leriñas al tío, ¿eh?
-A ver: ¿qué motivo puede haber para que no acabe de aprender a pronunciar la erre? ¿Algún defecto de la laringe, de las cuerdas?
-¡No, Linda, por favor, eso no! No se trata de «pronunciar».
-¿No? Pues ¿de qué?
-No sé; yo no entiendo mucho de eso; pero algo más… profundo.
-¿Cómo de profundo, Teo? ¿Qué quieres decir?: ¿de la psique?
-Tal vez, si le quitas esos nombres tan feos…
-Ya, ya te veo, Teo: que ella es libre de hacer las erres como quiera o de no hacerlas; que no tenemos derecho a ordenarle que hable como se debe.
-No, mujer; sólo que eso tampoco iba a servir de nada: ¿no ves que no es cosa del alma o la conciencia de ella ni de la vuestra?, ¿que es en otro sitio donde ese juego se está jugando?
-Ah. ¿En dónde?
-Ya te digo que no sé bien, Linda. Pero, vamos a ver, tú ¿no te das cuenta de que ella ha aprendido, sin que nadie se lo mandara, nuestra lengua?, ¿que habla bien, como está mandado?
-Demasiado, a ratos. Bueno, y ¿qué?
-Que debe de ser como un ajuste, por fases o etapas, entre lo que un niño sabía, gracias a no ser nadie, y lo que sus padres o sociedad le mandan que use como lengua propia, y que en cada niño, en cada fase, se organiza el tinglado como por compromiso entre lo uno y lo otro; por ejemplo, a ésta el cuadro de los fonemas se le ha formado, provisionalmente, de una manera algo distinta de lo mandado, que no admite la diferencia entre ere y erre. No te inquietes, Linda, que pronto habrán vencido, como suelen, los padres y la escuela y le habrán hecho cambiar el cuadro.
-¡Ah, qué bueno, qué indulgente con los niños!, ¡Cuánto sabes de más! Y ¿lo mismo será para las otras leyes de la convivencia?
-Bueno, algo por el estilo, pero…
-Cu-cu, tras-tras. Ya estoy aquí, mayores. Que es que a este hipopótamo se le haroto el rrrabo.