Crítica

La realidad invisible de Debussy

Temporada del Teatro Real«Pelléas et Mélisande», de C. Debussy. Solistas: Y. Beuron, C. Tilling, L. Naouri, Franz-Josef Selig, H. Summers... Dir. escénica: Robert Wilson. Dir. musical: Sylvain Cambreling. Coro y Orquesta titulares del Teatro. 31-X-2011. Teatro Real.

Un momento del montaje en el Real
Un momento del montaje en el Reallarazon

Esta magistral obra maestra, una de las más refinadas de la historia de la ópera, posee sin duda inmarcesibles valores y una originalidad radical. En cierto sentido, «Pelléas» es una antiópera, se ha dicho con frecuencia, y la definición no le desagradaba al propio Debussy, que en 1902 partió del texto teatral del belga Maeterlinck. El deseo de respetar estrictamente la prosodia llevó al compositor a redactar una entonación semihablada, un parlato musical rico en «sfumature», en matices expresivos, en la que es la orquesta la que va marcando el camino temático.

Trabajo minucioso
Ese exquisito lenguaje ha tenido el relieve necesario en una representación nimbada de admirable musicalidad. Puede que la delicadeza, el refinamiento extremos de la puesta en escena, tan rica en rasgos coreográficos, no haya tenido del todo parigual en el desenvolvimiento orquestal, al que le ha faltado ese toque milagroso de la magia, de la más pura sonoridad impresionista, de la «sfumatura», de la suavidad y del brillo íntimo. Pero Cambreling ha realizado un gran trabajo, minucioso, detallado, bien medido en articulaciones y dinámicas, que han permitido casi siempre –no tanto al principio– que el recitado melódico se dejara oír con claridad.

Ha servido de magnífico soporte a una escena de extraordinaria estilización, provista de mínimos aditamentos y atenta a ese juego simbólico y lleno de sugerencias que permite imaginarse esa «realidad invisible» de la que hablaba Juan Ramón Jiménez, como recuerda Nommick en su nota al programa. «Pelléas et Mélisande» es una obra que encaja muy bien en los métodos de Bob Wilson, dominador de un estilo en el que las acciones de cualquier tipo quedan fantásticamente congeladas. Los elegantes y lentos movimientos, la factura geométrica, de lejanos ecos orientales la sutil iluminación son factores que alumbran una narración concentrada, cuyo mensaje silencioso, envuelto en el misterio de la existencia, va calando en nuestra retina, oído y sensibilidad. Wilson en estado puro.

Sobre este tejido musical y escénico, tan potenciador de la poética anécdota, se ha manejado un equipo vocal muy solvente, con la suave, cálida y sutilísima Camilla Tilling al frente. El suyo ha sido un derroche de finura y clase vocal. Beuron, un tenor de no mucho brillo, pero eficiente, ha hecho un Pelléas discreto y sentido, pero a su voz le falta algo de cuerpo –la del barítono tipo martin pedido– y a su fraseo, claroscuros. Majestuoso y solemne ha estado el noble bajo que es Selig, un excelente Arkel. El más flojo, por su ruda emisión y su desigual color, ha sido Naourit, a leguas de dar con la almendra dramática de Goulaud. A nivel alto los demás, incluido el niño Lampelsdorfer en la parte de Yniold.