«Cuando volví a verle mi hijo me reconoció pero ya no sabía que yo era su madre»

Kristina ha tardado 18 meses en reunirse de nuevo con Joseph, de cinco años. Quizá fue el momento más feliz de su vida. No podía imaginarse entonces que comenzaba otra pesadilla. «Mi hijo me reconoció, pero ya no sabía que era su madre», afirma esta joven estonia.

Kristina y Joseph tardaron un año y medio en reencontrarse después de que el padre secuestrara al niño. La mujer teme que vuelva a pasar
Kristina y Joseph tardaron un año y medio en reencontrarse después de que el padre secuestrara al niño. La mujer teme que vuelva a pasar

«Fue un periodo muy difícil. Escuchaba de su boca que no me quería ver, que me fuera y que no volviera más», dice. Y añade: «Llegué a pensar que no tenía hijo. Su cabecita estaba tan manipulada que se transformó en un animal». La manipulación de los pequeños es la gran amenaza de los raptos interparentales. La historia de Kristiina ejemplifica el drama de las víctimas. Con 23 años, llegó a Madrid hace una década para cursar Económicas. En la capital conoció a José Wilfredo, peruano nacionalizado español, y en 2005 nació Joseph.

Intentaron formar una familia, pero fue inútil. La pareja rompió. Según denunció la madre en 2006, su ex la amenazó: «Voy a coger un cuchillo y te voy a matar (…). Me lo llevaré [a Joseph] cuando quiera». El juzgado de Familia asignó a Kristiina la custodia, pero el 27 de octubre de 2008, día en el que la madre dejó al pequeño en la guardería, lo vio por última vez. Su padre se lo había llevado a Lima. A partir de ahí, la mujer se adentró en un caos burocrático. Un juzgado madrileño envió una orden de restitución al Ministerio de Justicia, que a su vez mandó al Gobierno peruano. Pero los juzgados andinos no aceptaron el caso. Kristiina viajó al país y logró que el Ministerio de la Mujer solicitara a Interpol que localizaran al padre y al niño. Pero sin una orden del juzgado peruano, Interpol no podía intervenir. El juzgado de Madrid no podía, por razones legales, pedir su extradición. Finalmente, en febrero, el abogado de Kristiina consiguió que el juzgado peruano le permitiera ver a Joseph cuatro días a la semana, pero sólo en la casa de sus abuelos, los padres de su ex pareja. Sin embargo, no ordenó la extradición de José Wilfredo, «a pesar de que tiene dos procedimientos penales pendientes de juicio en España: uno por secuestro y otro por impago de alimentos». La primera visita se saldó sin poder ver al pequeño. Los abuelos ponían excusas. Al día siguiente hubo más suerte. «Joseph tenía un sobrepeso notable y cojeaba de un pie. Me decía que no quería que me fuera y que no quería vivir en esa casa. Antes de marcharse, me abrazó y me dijo que me quería mucho». A los dos días, al ver de nuevo a su madre, se encerraba en su cuarto y no quería salir. «Era obvio que la familia lo manipulaba», asegura. A día de hoy, madre e hijo viven juntos. En mayo se celebró un juicio según la Convención de La Haya, aunque todavía no hay sentencia. «Estoy muy feliz con Joseph y él conmigo, pero los dos vivimos con miedo», afirma Kristiina. «Aunque tengo la custodia de mi hijo, no estoy protegida de que me quiten a Joseph».