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Acosadas: la cruz de la fama

Acosadas:  la cruz de la fama
Acosadas: la cruz de la fama

Una ballesta, una pistola de descargas, sogas con nudos de horca, un cuchillo, un spray... Arndt Meyer lo tenía todo planeado para no dejar escapar con vida a Sara Casasnovas. Era la última función de la actriz en el teatro Reina Victoria, y su admirador no quería perderla de su lado. O es mía, o de nadie. Sin embargo, la intervención inmediata de un amigo del actriz permitió desviar la flecha que se dirigía a la cara de Sara y la eficacia de la Policía, que apresó al violento alemán, impidió un desenlace fatal. Mientras la intérprete de «Amar en tiempos revueltos» se recupera de algo más que un susto, Arndt se encuentra ya en la cárcel acusado de tentativa de homicidio y ha pasado a engrosar la preocupante lista de acosadores de «celebrities». En Estados Unidos se les conoce como «stalkers», un término que se comenzó a utilizar en la década de los ochenta para referirse a aquellos individuos que buscan hacerse con el favor de un determinado famoso más allá de una firma de un disco, un beso en la mejilla o una foto con abrazo incluido. La pasión por sus ídolos les lleva a la locura o, simplemente desarrolla hasta límites insospechados el estado de enajenación mental en el que se encuentran atrapados. En la mayoría de los casos, la obsesión se desencadena, como en el caso de Casasnovas, cuando el agresor se enamora de su víctima y espera sentirse correspondido.

 

Pasión enfermiza
Simplemente es cuestión de vida o muerte. Rebecca Shaeffer, popular gracias a su papel en la película «Días de radio» fue asesinada en 1989 a manos de Robert John Brando, un individuo que le había perseguido sin descanso durante tres años. En la mañana del 18 de julio, Rebecca se dirigía a un «casting» cuando Robert le disparó dos tiros en el porche de su casa. La misma suerte corrió Selena, la gran diva de la música mexicana de los noventa, en un motel de Texas: la mató Yolanda Saldívar, fundadora y presidenta de su club de «fans». Tal fue el «shock» que provocó su muerte entre la opinión pública mexicana que su vía crucis se llevó al cine en 1997 con Jennifer López como protagonista. «Me arrepiento de algunas de las decisiones que tomé, pero no puedo hacer nada ahora más que sufrir por ello. Nadie sufre más que yo», asegura Saldívar desde la cárcel. La misma que ya ha terminado un libro en el que cuenta con todo detalle cómo acabó con la vida de la que era su amiga e incluso socia de negocios. Y, como del amor al odio hay un paso, precisamente el fanatismo por una «diva» puede llevar al acosador a buscar la muerte de aquel que puede considerarse un «enemigo». Así le ocurrió a Günter Parche, que, obsesionado porque Steffi Graff recuperara el número uno en el olimpo de las tenistas, apuñaló a Monica Seles durante un torneo en Hamburgo. Monica dio esquinazo a la muerte, pero tardó más de diez años en recuperarse. «El ataque cambió mi vida de manera irreparable y frenó mi carrera. Este hombre fracasó en su intención de matarme, pero logró destruir mi vida», recuerda. Curiosamente, el mundo del tenis es uno de los deportes que más «stalkers» registran por metro cuadrado. Que se lo digan a Martina Hingins, perseguida por un arquitecto que se alojaba en los mismos hoteles que ella para estar más cerca de su ídolo, o a Anna Kournikova, que sentó en el banquillo a un mendigo que se tatuó su nombre en el brazo derecho y llegó a atravesar a nado la bahía que separa Miami de la isla en la que la novia de Enrique Iglesias tiene su mansión. Sólo quería verla. Al alcanzar su objetivo, William Lepeska se lanzó desnudo a la piscina al grito de «¡Anna, sálvame!». Se equivocó de casa y de piscina, pero fue detenido minutos más tarde para tranquilidad de Kournikova.

 

Amenazas de suicidio
«Los expertos dicen que los ¿stalkers¿ de los famosos suelen ser inofensivos, pero basta echar un vistazo a la lista de los más conocidos para comprobar que no es así», explica John Leithon, reportero de «Los Angeles Times», que hace tres años cubrió el caso de Uma Thurman. «Sean o no violentos, la mayoría están locos y consiguen aterrorizar a su objetivo. Uma Thurman tuvo a Jack Jordan persiguiéndola durante dos años, iba a su casa, llamaba a su familia y enviaba e-mails a su padre», garantiza. Las hazañas de su acosador no tienen freno: ha acampado en el exterior de su casa, ha llenado su buzón de dibujos en los que se veía a la actriz cavando su propia tumba e incluso la ha amenazado con suicidarse si la ve acompañada de un hombre. Actrices, cantantes, modelos, deportistas... Cualquiera que goce de cierta notoriedad mediática y pueda despertar admiración por sus cualidades personales es susceptible de contar con un fanático que le haga más complicada la existencia. Algunos están identificados y han sido juzgados por las atrocidades cometidas. De otros, sólo se conocen sus «obras». Así, Olivia Newton-John descubrió a uno de sus perros ahorcado frente a su casa con la nota «Necesito matarte». Y Cher recibió una oreja con restos de sangre por correo. Una «muerte histórica» «La única conexión que hemos encontrado en las mentes y las acciones de los ``stalkers¿¿ de celebridades es que estos individuos crean su propia realidad paralela», explica el ex agente del FBI Robert Ojeda. Eso le ocurrió a John Warnock Hinckley, que intentó asesinar al presidente Ronald Reagan con el único fin de demostrarle su amor a Jodie Foster. Así, el mismo día de 1981 en que perpetró el fallido atentado, Foster recibió una carta de su puño y letra en la que le garantizaba que iba a provocar una «muerte histórica» para impresionarla. No pudo ser condenado por «incapacidad mental», pero ingresó en un psiquiátrico, donde todavía permanece. Britney Spears, además de atesorar escándalos, también acumula «stalkers». Y eso que logró que deportaran de Estados Unidos a un «fan» japonés, Mashaiko Shizawa, que la esperaba en la puerta de sus casas en Lousiana y Hollywood. Además, enviaba a la reina del pop juguetes sexuales por correo. Ahora, Shizawa ha intentado sacar rédito de su propia locura y ha llevado a juicio a Spears, acusándola de que sus guardaespaldas le han causado una enfermedad emocional. La que sí se coló en casa de la princesa del pop fue Miranda Tozier-Robbins, aspirante al «O.T.» norteamericano, a la que arrestaron con una cámara de vídeo en la mano espiando por el jardín de la artista. «Cortaría a Catherine en finas lonchas y se las daría a comer a sus propios perros». Amenazas de muerte como éstas llevaron al matrimonio Douglas a denunciar a Dawnette Knight, que estaba obsesionada con Michael. En el juicio les pidió perdón, pero el magistrado la condenó a tres años de prisión incondicional tras escuchar que Zeta-Jones estuvo a punto de sufrir un ataque de nervios por culpa de lo que en principio parecía una «fan» inofensiva y que a punto estuvo de convertirse en verdugo.