Derroche energético

La Razón
La Razón FOTO: La Razón

«Orquesta Simón Bolívar»Obras de Ravel, Castellanos y Tchaikovsky. Dirección: Gustavo Dudamel. Auditorio Nacional. Madrid.Para qué negar la evidencia: Gustavo Dudamel (Venezuela, 1981) es un fenómeno de masas. Alumno en su día de violín, luego concertino de la Sinfónica Infantil de Venezuela y más tarde, en 1995, estudiante de dirección de orquestas, ha conseguido que diez años después sea una estrella en todo el mundo musical gracias al apoyo de Abreu, Rattle y Abbado y se cuente ya con él para la titularidad de la Filarmónica de Los Ángeles. Mucho en muy poco tiempo, como para marearse. Ayer, con 180 jóvenes venezolanos, brindó una lección en el Auditorio Nacional a todas las orquestas de «funcionariado», que son bastantes. No se puede tocar con más entusiasmo. Los resultados musicales pueden ser más discutibles cuando se analizan en Ravel o Tchaikovsky que frente al colorismo del pianista y compositor Evencio Castellanos (Venezuela, 1915 - 1984). Las sutilezas cuentan poco con una orquesta que apenas cabía en el escenario –12 contrabajos u 8 trompas– y la vitalidad de la juventud, máxime desde una infrecuente localización del crítico, bajo los violines. Dudamel persigue más la exuberancia, la explosión sonora y lo consigue hasta en los célebres pizzicatos de la «Cuarta» de Tchaikovsky. Él y sus muchachos son toda una central energética y a sus edades se puede perdonar derroche frente a buena administración. ¡Mambo!