Cine

La vida es un karaoke

La vida es un karaoke
La vida es un karaoke

Dirección y guión: Pedro Almodóvar. Intérpretes: Lluís Homar, Penélope Cruz, Blanca Portillo, José Luis Gómez, Tamar Novas. España, 09. Duración: 130 minutos. Drama.Almodóvar es el único director de cine que conozco capaz de convertir el karaoke o el doblaje en una hermosa celebración de la sinceridad amorosa. Cuando Lena (Penélope Cruz) se lee a sí misma en las imágenes mudas del «making of» que ha documentado su adulterio, «Los abrazos rotos» culmina su complejo baile de identidades enmascaradas, seudónimos imposibles (Harry Caine –Lluís Homar– podría ser el reverso oscuro de Patty Diphusa) y cegueras del alma para relatar, una vez más, la historia de varios amores locos y cruzados que se reflejan en la materia del cine –las «Chicas y maletas» que recuperan parcialmente al Almodóvar de «Mujeres…»– y perecen en la materia del vídeo –la imagen pixelada de una muerte, más que digital, táctil–. Todo se duplica en «Los abrazos rotos», como si cada imagen necesitara a su doble para encontrar su verdadero sentido dramático en un laberinto de pasiones que se nutre más del cine que de la propia vida. La escena de los cadáveres de los amantes de «Te querré siempre», tan elocuente a la hora de registrar los restos de un amor disuelto y fosilizado, encuentra su correlato en el viaje de Mateo Blanco (Homar) y Lena a Lanzarote, allí donde la tierra negra de los volcanes se transforma en un abismo, en los confines del mundo. Hasta entonces, «Los abrazos rotos» es un melodrama de ciegos y escaleras que demuestra hasta qué punto Almodóvar cree en el acto creativo como terapia del alma y hasta qué punto su cine sigue filmando un movimiento continuo entre géneros y sensibilidades. Como «La mala educación», «Los abrazos rotos» reivindica el placer de contar historias: los relatos que inventa el guionista ciego que un día fue director de cine (el embarazoso reencuentro entre Arthur Miller y su hijo retrasado, esa irresistible película de vampiros titulada «Dona sangre», la citada «Chicas y maletas») se mezclan con las palabras frías de esa lectora de labios que reduce el nacimiento del amor a un diálogo que carece de matices tonales. Quizá el gran problema de «Los abrazos rotos» aparezca cuando, en el último tercio de metraje, Almodóvar sucumba a su pasión por la narración oral, convirtiendo el modelo confesional en un rosario de explicaciones que no sólo no son necesarias, sino que aniquilan el misterio que emana de los personajes. Es como si, al final, Almodóvar hubiera tenido miedo de lo que Rossellini, hace más de cincuenta años, resolvía de frente y sin filtros. Porque el amor, ya sea en forma de celos, traición o venganza, ni se entiende ni se explica.