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Japón

Las cloacas de la república perfecta

«Todo esto pasa por culpa de nuestro pasado nazi, la represión a las mujeres y la educación autoritaria», dijo Natascha Kampusch tras ser liberada de su encierro

La actuación crítica de algunos medios de comunicación ha levantado ampollas en una parte de la sociedad austriaca
La actuación crítica de algunos medios de comunicación ha levantado ampollas en una parte de la sociedad austriacalarazon

Berlín- A miles de kilómetros de distancia, tres simios de madera en un alero del santuario Toshogu, en Japón, representan a la perfección el mal que aqueja a la sociedad austriaca: uno se tapa los oídos, otro la boca y el tercero los ojos. Algo parecido a lo que se necesita en una pequeña localidad de 23.000 almas para que nadie perciba nada extraño cuando un vecino secuestra, encierra y alimenta durante 24 años a una segunda familia bajo el jardín de casa. No oír nada inconveniente, no ver nada desagradable… y callar, sobre todo callar. En España, algo así difícilmente habría durado más de una semana sin convertirse en la comidilla del pueblo.El descubrimiento del «sótano de los horrores» se produjo apenas un año y medio después de que otro suceso horrendo colocase a la civilizada y próspera Austria en el mapa de la miseria humana. Natascha Kampusch pasó ocho años secuestrada en un zulo fabricado por un ingeniero. Tuvo que armarse de valor para escapar por sí sola. Como en el caso de Elisabeth, si su libertad hubiera dependido de los indicios aportados por los vecinos, su cautiverio habría sido eterno.«Todo esto pasa por culpa de nuestro pasado nazi, debido a la represión de las mujeres y a la educación autoritaria», proclamó Kampusch tras la detención de Fritzl. Austria se unió con entusiasmo al Tercer Reich, su población engrosó las filas del nazismo incluso en mayor proporción que la alemana, y en las SS –el cuerpo que ejecutó el Holocausto– los oficiales austriacos suponían un grupo esencial. Sin embargo, la derrota de 1945 –que Fritzl presenció desde los ojos de un niño de 10 años– obró el milagro de convertir a los verdugos en víctimas. «Los austriacos son unos genios. Han logrado que el resto del mundo crea que Hitler era alemán y Beethoven, austriaco» ironizó el vienés Billy Wilder. «Somos especialistas en meter la cabeza debajo del ala. No nos gusta discutir sobre nuestros defectos», valora para LA RAZÓN un periodista del diario «Kurier». El Gobierno, sin embargo, parece más preocupado por limpiar el prestigio internacional de su país que en estudiar por qué casos como el de Kampusch o Fritzl han ocurrido en una república de ocho millones de individuos, suficientemente respetuosos como para no cruzar en rojo los semáforos pero incapaces de detectar actitudes extrañas en el vecino.