Literatura

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«Lisbethya» no envejecerá

«Lisbethya» no envejecerá
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Mi amigo Enrique, que es profesor de literatura y excelente lector, no entiende el fenómeno Millennium. Para él, es inconcebible que triunfe en las librerías, y de esa forma, un escritor que «desconoce por completo el sentido de la elipsis». Para Henning Mankell (hasta que llegó Larsson, el rey indiscutible del género negro sueco) es una lástima que se les preste tanta atención a unas novelas que son simple entretenimiento y pura literatura de consumo «al estilo Dan Brown». Y otros sesudos tasadores de quilates literarios le reprochan al difunto novelista un respeto por la verosimilitud tan laxo que en ocasiones, dicen, su celebrada Lisbeth Salander más parece haberse escapado de un cómic de la Marvel que formar parte de una obra literaria.Todos ellos tienen razones (unas mejores y otras peores, y júzguelas el discreto lector por sí mismo), pero lo que ha sucedido entre los lectores españoles y entre los de otros muchos países demuestra que no tienen razón. Ni Stieg Larsson es un novelista del montón, ni sus novelas vulgares «best sellers». Podrán gustar más o menos, podrá uno creer legítimamente que la literatura va por otro lado (sobre eso, hacia dónde apunta la brújula que debe orientar a quienes leen y a quienes escriben, cada uno tiene una opinión, tan respetable como discutible); pero lo que resulta a estas alturas de una imprudente petulancia es despachar sin más el fenómeno como un caso de márketing afortunado. Primero, porque Millennium ha sabido abrirse paso en muchos lugares, incluida España, con muy poca publicidad inicial, empujado por el entusiasmo de los lectores. Y segundo, porque son muchos, entre sus devotos, los que poseen una formación literaria nada desdeñable y un acreditado y exigente paladar lector. Aspecto en el que se diferencia, notoriamente, de un Dan Brown. Larsson era un escritor que sabía entretener, y algo más.Ya lo primero tiene su mérito. No es fácil desarrollar tramas múltiples y complejas de forma que el lector no se pierda ni se desenganche en ningún momento. El autor de «Millennium» exhibe una destreza innegable a la hora de mantener la atención; sabe dosificar las informaciones y suspender el relato en el punto justo. Es verdad que puede ser prolijo, explicativo y hasta repetitivo, pero eso se lo agradecen muchos de quienes le leen, y que así no se pierden en el laberinto que despliega ante ellos.Quizá el secreto de Stieg Larsson esté en combinar esta eficacia y esta solvencia narrativas, eminentemente norteamericanas (según su propia confesión, esa literatura era su escuela, la que como lector prefería), con una intencionalidad política que tiene un carácter muy europeo. Ahí es por ejemplo donde se encuadra su mirada crítica sobre un modelo de estado de bienestar que se resquebraja, un sistema presuntamente protector que permite sin embargo, una y otra vez, que se repita el abuso de los poderosos sobre los débiles: de los hombres sobre las mujeres, como resalta el título de la primera entrega de la serie; pero también de los ricos sobre los pobres, o de los que están instalados en el sistema (ya sea en sus tribunas o en sus cloacas) sobre los ciudadanos de a pie que carecen de cualquier privilegio. La tercera entrega, con la que por la prematura muerte de su autor se cierra la saga, mantiene el nivel de tensión e intriga de las dos primeras. Hay numerosos personajes nuevos, algún que otro giro espectacular, y un desenlace que da cumplida justificación al esfuerzo de haberse leído las dos mil páginas que lo preceden. En cierto modo viene a ser la síntesis de todo lo anterior, y por culpa del aciago destino, ya que no era ese su designio, es también el testamento que nos deja Stieg Larsson. Un hombre que entregó literalmente su vida a su obra, y que no pudo ver el éxito que estaba convencido de alcanzar y sin duda supo merecer. Con él se fue su fiera Lisbeth Salander, que ya nunca envejecerá. Pero uno sospecha que, como a Peter Pan, eso no es precisamente algo que vaya a atormentarla.