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Papá Kaká

La Razón
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En un Madrid canicular y nervioso donde el aire da sopapos, los automóviles se rozan los sudores desengrasados y la maquinaria pesada toca sincopados martinetes, todavía nos quieren alegrar las tardes con espectáculos, como para recordarnos que no hace tanto tiempo que el foro era la ciudad que no dormía y donde no faltaba una hora de distracción, aquella joven madre de todas las movidas y hoy flatulenta abuela de todos los postizos que se resiste a envejecer a base de implantes.Ayer se podía agarrar al niño e ir al Bernabéu a ver a Kaká. Con esa curiosidad que antes producía la llegada de una nueva criatura exótica al zoo –un panda, un tigre albino– o el estreno de una trepidante versión de montaña rusa en el parque de atracciones. Hablarle hoy de las hazañas de la quinta del Buitre podría parecer contar batallitas del elefante y los monos de la Casa de Fieras del Retiro, aunque todavía se puede divisar a Butragueño en el palco, ese señor rubio que le cepilla la solapa al presidente, y oír la carrasposa voz del gran Di Stefano hablando sobre la adquisición brasileña, «parece un buen chaval», mientras don Florentino afirma rotundo: «Kaká es el Madrid de siempre».¿Pero es lo de siempre para lo bueno, o lo de costumbre para el tropezón? El niño empieza a mirar ilusionado, «¡Papá, Kaká!», para luego mostrar la decepción: «¿Y dónde está Ronaldo?», que puede ser la pregunta de la temporada. El circo de Pérez a lo Barnum&Bailey a golpe de talón, quiere repetir el éxito de superproducciones pasadas que a veces no funcionan igual, en plena crisis del espectáculo, donde los dueños del balón, Oliver, Benji, sueños de campeón, se acaban congelando en la carrera para reposiciones de relleno. Ahora que los goles no son amores, sino «spots» publicitarios.