Sobre lápidas: Así viven miles de personas en la ciudad cementerio del millón de muertos

El cementerio más antiguo y grande de la ciudad funciona desde hace años como un barrio donde la gente construye sus viviendas

Casas chabolas manila filipinas
A father and son spruce up the crypt of the departed loved one at a public cemetery at suburban Navotas north of Manila, Philippines. FOTO: BULLIT MARQUEZ AP

Manila es una de las ciudades más densamente pobladas del mundo, gracias a los inmigrantes del campo que han acudido a estos centros urbanos en busca de mejores oportunidades. A su llegada, la mayoría encuentra poco trabajo y ningún lugar donde vivir, excepto comunidades construidas por ellos mismos. Algunos de estos barrios marginales se han desarrollado dentro de cementerios públicos. La gente duerme en casas fortuitas construidas sobre tumbas o dentro de mausoleos. Es gratis, pero no hay servicios básicos como saneamiento, electricidad o agua potable, y mucho menos albergue adecuado.

Las “viviendas” ubicadas en estos cementerios han existido en Filipinas desde la década de los 50, algo que ha producido que generaciones de familias enteras ahora vivan en Manila North, el cementerio más antiguo y más grande de la ciudad. Con una extensión de 54 hectáreas, alberga a unos 6.000 habitantes, unas 800 familias, así como a un millón de muertos. Algunos miembros de la comunidad son cuidadores, pagados por familiares de los muertos para mantener las tumbas. Otros residentes poseen tiendas improvisadas o trabajan como albañiles, tallando lápidas para los 80-100 funerales que tienen lugar a diario. Es una vida difícil, agravada por las frecuentes redadas antidrogas de la Policía Nacional de Filipinas. La “guerra contra las drogas” del presidente Rodrigo Duterte ha matado a más de 12.000 personas desde junio de 2016, y muchas de las redadas tienen lugar en cementerios.

La única salida

Un muchacho filipino salta entre dos bloques de nichos en un cementerio público en Paranaque, sur de Manila (Filipinas).
Un muchacho filipino salta entre dos bloques de nichos en un cementerio público en Paranaque, sur de Manila (Filipinas).

“He vivido aquí durante 51 años, y he estado tratando de irme durante 51 años”, dice Elvira Miranda. “El gobierno quiere que nos vayamos y nosotros también queremos irnos. Pero necesitamos un lugar adonde ir“. Miranda, de 68 años, ha estado viviendo con su esposo e hijos en una barraca que se tambalea sobre una pila de tumbas en el cementerio de Manila desde 1966. Es el tipo de situación en la que uno se puede encontrar si, como Miranda, somos pobres, no tenemos trabajo y vivimos en una de las ciudades más pobladas del mundo. “Mantenemos el cementerio limpio… La comunidad se ha mantenido para sí misma”, explica, a lo que añade: “La mayoría de la gente aquí no tiene ingresos, pero tratamos de encontrar trabajos ocasionales para llegar a fin de mes. Vendemos flores a las familias de las víctimas, hacemos lápidas o construimos ataúdes “.

“No hay fantasmas aquí. Pero cuando estoy desenterrando un cadáver, siempre me disculpo y digo que lamento haberle molestado. Es una cuestión de respeto“, explicó Ricardo Medina, de 70 años, quien a pesar de que las condiciones de vida en ese lugar están muy por debajo de los estándares aceptables se muestra positivo, “me gusta vivir aquí, la zona es tranquila. Es gratis y mi trabajo es bueno. Puedo conseguir 50 pesos para cavar la tumba de un bebé, 150 para un adulto. Hay muchos cuerpos y mucho trabajo para mí. Me permite alimentar a mi familia y ayudar a la gente. Alguien tiene que hacerlo”.

En 1996, los residentes del cementerio norte de Manila pidieron al alcalde una escuela, instalaciones sanitarias y una iglesia. Algo que nunca llegó a pasar, por lo que ahora organizan sus propias clases para los niños locales. Y mientras esperan, continúan trabajando como albañiles, cuidadores o constructores de ataúdes, lápidas y mausoleos.