Raúl Castro entierra a Fidel, pero mantiene vivo el mito

El presidente cubano deposita las cenizas de su hermano en un acto privado, mientras una marea de ciudadanos recibe al cortejo fúnebre

Raúl Castro introduce en la piedra las cenizas de Fidel Castro en el cementerio Santa Ifigenia

El presidente cubano deposita las cenizas de su hermano en un acto privado, mientras una marea de ciudadanos recibe al cortejo fúnebre

El comandante Fidel Castro ya descansa bajo tierra como él siempre soñó, junto al cuerpo del héroe nacional José Martí. Pero antes, el funeral y el paseo de sus cenizas por la isla fue utilizado para apuntalar los cimientos de una revolución marchita que, tras 60 años, carece de líderes carismáticos y sobre todo, de medios para sostener la causa. En Cuba pasará como en Venezuela con Hugo Chávez, su figura será utilizada para justificar cualquier maniobra del régimen, por disparatada que sea.

Ayer la caravana que transportaba las cenizas de Fidel Castro, fallecido el 25 de noviembre a los 90 años, ingresaba al cementerio Santa Ifigenia en Santiago, para el entierro de los restos del hombre que gobernó Cuba con puño de hierro por casi medio siglo. La ceremonia se realizó en la estricta privacidad familiar, sólo hubo algunas «personalidades especialmente invitadas» como los presidentes de Venezuela, Nicolás Maduro; y Bolivia, Evo Morales, así como los ex gobernantes brasileños Luiz Inácio Lula da Silva y Dilma Rousseff. El avance del cortejo fúnebre por Santiago de Cuba estuvo saludado por miles de personas situadas en ambos lados de las calles que al paso del armón con la urna gritaban «¡Yo soy Fidel!». Los restos del que fuera líder de la Revolución Cubana llegaron el sábado a Santiago de Cuba tras recorrer en etapas y durante los pasados cuatro días los casi 1.000 kilómetros que separan La Habana de la ciudad del oriente cubano.

En la plaza de la revolución de Santiago, en un acto homenaje para despedir al icono de la izquierda latina, el presidente de Cuba, Raúl Castro, ratificaba la continuación de la revolución que instauró su hermano Fidel en 1959. «Ése es el Fidel invicto que nos convoca con su ejemplo y con la demostración de que sí se pudo, sí se puede y sí se podrá», dijo Castro emocionado, mientras la multitud lo respaldaba ondeando pequeñas banderas de Cuba y exclamando «¡Sí se puede!». Tras haber restablecido las relaciones con su viejo enemigo de la Guerra Fría en 2015, a instancias del presidente demócrata Barack Obama, Cuba se enfrenta ahora a la firmeza del presidente electo Donald Trump, quien ha amenazado con dar marcha atrás al proceso si La Habana no impulsa una apertura política. La incertidumbre acecha al proceso de deshielo. Raúl Castro, de 85 años, dijo además que propondrá prohibir que se nombre «Fidel Castro» a calles, plazas, avenidas e instituciones, así como erigir monumentos, cumpliendo la voluntad de su hermano. Algo que contrastaba con la gran imagen de Fidel levantando un rifle, cuyos bordes verde fluorescente, brillaban al fondo de la plaza . El discurso terminaba con un enérgico juramento para «defender la patria y el socialismo del imperialismo»: Mientras en plaza, ante el imponente titán de metal, como conocen a la estatua de 16 metros del general Antonio Maceo, los santiagueños, algunos con lagrimas en los ojos, portaban fotografías de Fidel. «El que no se siente triste con la muerte de nuestro comandante está mintiendo. No hay tiempo de lamentos, la revolución debe seguir», dice Adolfo Garzón, de 79 años. A pocos metros un grupo de jóvenes aseguran sin mucho ímpetu que están con la revolución pero desconfían del rumbo que tome la corte de octogenarios sin la supervisión de Fidel. «No nos olvidemos, que ya lo dijo Karl Marx, Friedrich Engels e incluso Lenin, esperemos que este socialismo no se convierta en la dictadura del proletariado».