Putin se lanza a la conquista del Ártico

El presidente ruso intensifica su agenda «imperialista» aumentando la presencia militar en el Polo Norte, donde aguardan grandes reservas de petróleo y gas que darían un impulso a su plan económico

Putin, durante una visita al Ártico
Putin, durante una visita al Ártico

El presidente ruso intensifica su agenda «imperialista» aumentando la presencia militar en el Polo Norte, donde aguardan grandes reservas de petróleo y gas que darían un impulso a su plan económico

Bajo el Ártico se esconde la mayor reserva de hidrocarburos del mundo, un 13% del petróleo y el 30% del gas del planeta. No es una extracción barata, por las condiciones y la profundidad, pero el deshielo por el calentamiento global ayuda y Putin ve la región como la joya de la corona, la garantía de continuidad a largo plazo de su modelo económico de país, sustentado en la exportación de energía. Un modelo que estos días hace aguas, por los bajos precios, pero en el que el presidente no ha dejado de creer o al que, por ahora, no parece tener alternativa. Tras la última reunión de la OPEP, en la que no hubo acuerdo para reducir la producción y forzar una subida de precios, Alexander Novak, ministro de Energía, se vanaglorió de que Rusia, a diferencia de otros países, tiene todavía margen de maniobra por ser, junto a Arabia Saudí, el país con un coste de extracción más bajo, por debajo de 10 dólares por barril, y porque cuando se agote en Siberia, donde hay yacimientos ya muy veteranos, aún quedará el Ártico. «Es una segunda Siberia Occidental, estimamos las reservas en unos 100.000 millones de toneladas de combustible convencional, la mayoría gas», explica Alexéi Kontoróvich, del Instituto de Geología de Siberia.

En el Ártico, Rusia busca también el control sobre caladeros de pesca y el desarrollo de la ruta naviera del Norte, para erigirse en alternativa al canal de Suez y conectar Asia con Europa. Por estas posibilidades económicas, la región, otrora olvidada, goza de mención especial en la nueva estrategia militar rusa y de un mando específico, con sede en Severomorsk, dentro de la estructura del Ejército. Moscú está modernizando y aumentando su despliegue militar en la costa norte del país así como en los archipiélagos periféricos del Ártico, incluyendo la construcción de nuevas bases y renovando las que heredó de la URSS, un total de 12, algunas ya están operativas y el resto deben estarlo en los próximos meses. Entre esas bases hay estaciones de búsqueda y rescate, cuarteles, puertos militares y aeródromos. El objetivo es garantizar, pese a la dureza climatológica, una presencia permanente de tropas durante todo el año. Como muestra de la importancia que concede de la región, Moscú desplegó hace unos meses en el archipiélago de Nueva Zembla sus potentes sistemas móviles S-400 para misiles de medio y largo alcance, movimiento que justificó «para defender el espacio aéreo». Como parte también de la estrategia, la industria militar del país está produciendo armamento y uniformes específicos para el Ártico, aunque la prioridad, dado el tamaño del territorio a cubrir, es el transporte y la movilidad, para lo que ha desarrollado y puesto recientemente en servicio nuevos todoterrenos oruga, motonieves con asientos térmicos o el helicóptero Mi-8AMTSh, con una autonomía de vuelo de 1.300 kilómetros y operativo por debajo de los 40 bajo cero. «No lo escondemos a nadie, estamos modernizando nuestro despliegue militar para guardar las fronteras», explica el ministro de Defensa, Serguéi Shoigú.

Pero las fronteras en el Ártico, especialmente las marítimas, no están claramente delimitadas y, ahora que se intuye la riqueza que alberga, surgen contenciosos territoriales que resquebrajan la histórica concordia en el seno del Consejo del Ártico, la organización que integra a los ocho estados del litoral, cinco de ellos miembros de la OTAN. «El Ártico es de por sí un ambiente hostil; no debe convertirse en más hostil aún por un aumento del despliegue militar y una competición por sus recursos», reza un informe de la última asamblea de la Alianza Atlántica. La mayor parte de las riquezas minearales del Ártico se encuentra en regiones ya asignadas, pero quedan algunas zonas grises, por eso Moscú ha presentado una solicitud oficial ante la ONU para reivindicar su soberanía sobre 1,2 millones de kilómetros cuadrados más de plataforma continental, lo que le daría acceso a 4.900 toneladas adicionales de hidrocarburos, según estimaciones del Gobierno ruso. En la reivindicación se incluyen las crestas de Mendeleyev y de Lomonósov, reclamadas también por Dinamarca y Canadá. Moscú argumenta que ambas dorsales oceánicas, así como el Polo Norte, forman parte del continente euroasiático. La ONU todavía no ha emitido una resolución al respecto. Según la Convención Internacional de Derecho del Mar de 1982, a los países limítrofes les pertenecen los recursos naturales del fondo marino y su subsuelo situados a hasta 322 kilómetros (200 millas) de su territorio. Y pueden, además, solicitar una ampliación que llegue hasta los 563 kilómetros (350 millas), siempre que prueben que esa extensión forma parte de su plataforma continental.

Aunque Rusia es el país que más rápido está militarizando su territorio ártico, no es el único miembro de esa convención que ha aumentado su despliegue. Canadá ha destinado 3.000 millones de euros a cinco buques de patrullaje en la región, mientras que Noruega ha aumentado un 10% su presupuesto en defensa y asignará 1.000 millones de dólares extra a reforzar su presencia militar en la zona, «ante la evidente proyección de fuerza de Rusia», dijo la primera ministra, Erna Solberg.