Cherchez la femme

Desde la elegancia de Nancy Reagan, por no hablar de Jackie Kennedy, no nos hemos visto ante un diamante de este tamaño: la señora Trump tiene estilo y disfruta ejerciéndolo .

Desde la elegancia de Nancy Reagan, por no hablar de Jackie Kennedy, no nos hemos visto ante un diamante de este tamaño: la señora Trump tiene estilo y disfruta ejerciéndolo .

A ún conmovidos por la inquietante noticia de su triunfo, quisiéramos consolarnos pensando que algo bueno debía tener la elección de Donald Trump como presidente de Estados Unidos, aunque esto sólo fuese que su mujer hará perfectamente de primera dama. Michelle Obama ha dejado el pabellón tan alto que probablemente su sucesora ya tiene la agenda llena de consejos y consejeros antes de hacerse cargo del puesto. No se la espera en causas sociales, aunque también aquí hay mucha diferencia entre la campaña electoral y el desempeño del cargo, pero en cambio todos los estilistas del mundo deben estar frotándose las manos.

Desde la elegancia de Nancy Reagan, por no hablar de Jackie Kennedy, no nos hemos visto ante un diamante de este tamaño. Paradojas del destino, la chica resulta ser hija de un comunista esloveno y, quizás todavía peor, una modelo emigrante con algunos inquietantes despistes sobre su intimidad que ahora harán las delicias de todos los «voyeurs» del mundo. Su cara operadísima y quizá demasiado estropeada para su edad no evita que a su cuerpo le siente estupendamente la talla 38. La señora tiene estilo y disfruta ejerciéndolo, de hecho, más que una modelo eslovena podía haber sido una miss venezolana. Ya saben, lo digo por esa estúpida ocurrencia que sugiere que todo va bien hasta que abren la boca. Por si acaso, Melania la abre pocas veces.

Pasión por Blahnik

Alta, delgada y rubia, no puede ser más parte del eterno «sueño americano». Pura redundancia añadir aquí su pasión por los Manolo Blahnik, los abrigos y accesorios de piel y las joyas de marca. Es nada más que un prejuicio, pero me la imagino profundamente interesada en las revistas de moda y belleza y, si no fuese porque ahora tiene que andarse con mucho cuidado, hasta me encajaría en un diálogo del cuarteto de «Sexo en Nueva York». En EE UU ser primera dama es una cosa muy importante, dado que el estricto principio de «vicios privados, virtudes públicas», obliga a esa pareja a llevarse siempre bien y a parecerlo en público cada día del año. Ya los veo cogidos de la mano a todas horas. Espero de ellos tanta compenetración en escena que incluso me sorprendió el beso en la mejilla, no en los labios, que le dio su marido la noche del triunfo electoral, o que a su izquierda, en vez de su hijo, no estuviese ella.

Lo del hijo resultó casi una provocación, supongo que en una América republicana los guiños a las dinastías en el poder no deben caer muy bien. Hubiésemos preferido a ella, sonriéndole y haciendo que se le cayera la baba, en justa emulación de ese mismo momento retratado con brillante crueldad por Sánchez Ferlosio ante sus predecesores los Reagan. Aunque ahora que recuerdo bien, esa escena quizás nos la tengan reservada para el momento en el que Trump jure su cargo, mano sobre la Biblia, en presencia del presidente del Supremo.

Melania seguirá vistiendo de Ralph Lauren, como el día del triunfo electoral de su esposo, y de paso ofreciendo un reconocimiento a esa marca como la encarnación de los valores de la América nostálgicamente aristocrática a la que ella, por matrimonio, pertenece. No en vano, desde el vestuario de «El gran Gatsby», Ralph Lauren viene a ser a los EE UU lo que Christian Dior es a Francia. Sólo por animar la polémica quisiera sugerir que podría ir vestida de Carolina Herrera, con la que comparte la pasión por el blanco, pero esa ocasión no la verán nuestros ojos, porque el racista de su marido no querrá que se vista en una casa de moda de una inmigrante venezolana, aunque ésta tenga todos los papeles en regla.

Esa misma excusa le impedirá vestirse de Óscar de la Renta, otro despreciable inmigrante dominicano, y de Narciso Rodríguez, para más inri, cubano, aunque supongo que anticastrista. El listado de nombres non gratos continúa con la flor y nata de los diseñadores americanos, entre unos asiáticos y otros descaradamente demócratas, sólo le queda Tommy Hilfiger. Podría vestirse de Gucci, de hecho creo que la boutique de la firma está en los bajos del rascacielos de su marido en la Quinta Avenida. No tendría más que pedir que le subiesen la colección al «tríplex», pero las primeras damas han respetado esa regla no escrita de vestirse sólo de diseñadores de su país. Como parte del programa electoral, ella también tiene la obligación de devolverle la grandeza perdida a su moda. Tendrá que olvidarse de sus habituales Balmain, Saint Laurent, McQueen, Versace, Chanel o Roksanda Ilincic. Los estilistas de Nueva York no terminan de exclamar «¡Oh, my God!».