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Rosa Villacastín: «Lala, ¿quién es Rubén Darío?

Rosa Villacastín
Rosa Villacastín

Hay historias que parecen cuentos de hadas. Una de ellas es la de la abuela de Rosa Villacastín, Francisca Sánchez, convertida en «La princesa Paca».

Hay historias que parecen cuentos de hadas y que incluso tienen final feliz, aunque no sea exactamente el convencional. Una de ellas es la de la abuela de Rosa Villacastín, Francisca Sánchez, convertida por obra y gracia de las plumas de la propia Rosa y de Manuel Francisco Reina en «La princesa Paca» (Plaza & Janés). Durante toda su vida, Francisca arrastró consigo un baúl repleto de recuerdos de su amor de novela con el poeta Rubén Dario. Ese «archivo» que finalmente donó al Estado español desinteresadamente y que no se había hecho público hasta ahora sirvió para que su nieta se quitara la espina que llevaba clavada de por vida y sacara a la luz, por fin, la casi desconocida historia de su abuela.

Rosa aún se emociona cuando habla de Paca y de sus recuerdos de infancia. «Nosotros vivíamos en un pueblecito de la sierra de Gredos y yo tenía 9 años cuando un día llegaron allí dos profesores, Carmen Conde –que luego fue la primera mujer académica de la Lengua– y su marido. Querían conocer a mi abuela y hablar con ella, pero a ella la habían robado tantas cosas que no tenía ganas. Eso, hasta que Carmen le dijo una frase definitiva: "Francisca, nosotros venimos a acompañarte, no a pedirte". Esa frase la desarmó. Entonces les dejó pasar y empezaron a conversar. Yo escuchaba una y otra vez el nombre de Rubén Darío y me preguntaba : "¿quién será ese señor?". Solo sabía de un hombre en la vida de mi abuela, que era mi abuelo..., así que cuando se marcharon pregunté a mi abuela: "Lala, ¿quién es Rubén Dario?". Y ella me respondió: "El gran amor de mi vida"». A partir de entonces, Francisca fue contando a su nieta la fabulosa historia de su amor con el poeta. Rosa escuchó, embelesada, durante siete años, el relato fascinante de ese amor que su abuela jamás olvidó.

A la muerte de Paca, una Rosa adolescente aún recordaba cuando su abuela respondía a sus preguntas de niña respecto al amor narrado: «Lala, ¿a qué saben los besos?» «Hija, los besos no hacen niños, pero tocan las campanitas para que vengan». Muchos besos se debieron regalar aquellos amantes, porque llegaron cuatro hijos. Rubén y Paca vivieron 16 años juntos, hasta que él se marchó a América. Ella no quería que se fuera, pero aquella época de sequía intelectual y la pobreza obligaron al poeta, que partió creyendo que volvería. Nunca lo hizo. Ese fue el final. Tan inesperado como el principio. Cuando Rubén conoció a Francisca él ya contaba 32 años. Ella era una jovencita de bellísima tez blanca y escasos centímetros –apenas uno sesenta–, que jamás se maquillaba y que no sabía leer ni escribir.

«Era una mujer muy castellana, incluso recia, pero con un humor muy fino –apunta Rosa–. Su flechazo fue tan grande que al mes estaban viviendo juntos. ¡Y eso en 1899!» La dureza de un pueblo de Castilla y la incomprensión de la situación se cebaron entonces con la pareja. No había día sin crítica. ¿Qué hacía un intelectual con una niña analfabeta? ¿Y por qué no se casaban? «No lo hacían –dice Rosa– porque él se había casado en Nicaragua, en una borrachera, a punta de pistola. Volvió a España huyendo de aquello y se enamoró de mi abuela, que a los dos meses se quedó embarazada».

Paca, al principio, desconocía que Rubén estuviera casado, pero luego acabó aceptándolo, por más que siempre intentaran que aquel matrimonio se anulara. Algo que «la garza morena», Rosario Murillo, esposa de papeles del poeta tras enviudar de su primera y añorada mujer, la poetisa de rica familia Rafaela Contreras, nunca consintió. Pero Francisca no se desanimó.

El amor era más fuerte que lo demás y la hacía avanzar en todos los terrenos, por más que no fuera una intelectual como los de su entorno. «A ella la enseñó a leer y escribir Amado Nervo –señala Rosa–. Él, como Manuel Machado y otros tantos, la quería mucho. Para todos era la mujer de Rubén Darío y fueron ellos quienes la bautizaron como "la princesa Paca". Ella departía con ellos y con sus mujeres. A Leonor, la mujer de Antonio Machado, fue mi abuela quien la enseñó París cuando ya estaba enferma de tuberculosis y también quien la acompañó en el hospital».

Las vidas de los poetas de entonces, como las de ahora, estaban llenas de altibajos y penurias, pero también de generosidad, de clan, en el que las mujeres tenían vital importancia. Sin embargo, casi todas ellas eran muy poco conocidas. «A mí me asombra –afirma Rosa–. Mi abuela, la mujer de García Márquez o la del propio Saramago, Pilar del Río ,que es amiga mía...Son fundamentales en sus vidas y, casi siempre, inmensamente desconocidas». Y abnegadas. Paca vivió al lado de Rubén Darío y de sus maravillosos trajes a medida y sus batas de seda natural, en una austeridad sorprendente. Soportó que él bebiera –por más que ella no lo reconociera nunca– aguantó no estar casada –aunque lo ocultara en su pueblo– y sobrevivió a la muerte de tres de sus cuatro hijos. Quedó solo Güicho, hermanastro de la madre de Rosa Villacastín, al que la periodista no conoció, porque murió al poco de nacer ella: «Pero guardo contacto con sus hijos y sus nietos, a quienes "La princesa Paca"les está descubriendo la historia de su abuela».

Una historia de amor extraordinaria, que Francisca vivió, sin embargo, con la tristeza de la creyente que se ve apartada de la Iglesia. Dos días antes de morir Rubén Dario, tras legarle los derechos sobre sus obras en su testamento, le escribió una carta de liberación: «ya puedes confesar y comulgar, le dijo» Aunque probablemente ella, sacramentos aparte, nunca se arrepintió de ese gran amor...

Rosa Villacastín

Nació en Ávila en 1947. Está casada, no tiene hijos, se siente orgullosa de su honestidad, no se arrepiente de nada y no perdona, aunque a veces olvida. De mayor, le gustaría ser una vieja loca. Y si volviera a nacer, repetiría su vida, con sus puntos y sus comas...