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Espero que no sea así

Si esto sigue así, terminaremos pidiéndoos sexo», le decía una amiga a Rogelio, según cuenta él, a propósito del descenso alarmante de hombres que se le acercan en los últimos tiempos. La tesis fundamental de la fémina se sostiene en el temor que provocan los flancos de la Ley de violencia de género. «Cada día hay más hombres que saben de algún pariente, amigo o conocido que ha sufrido en sus carnes las consecuencias de una delación falsa».

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Por contra, le argumenté, que la violencia contra las mujeres es un problema grave que debe combatirse con firmeza a través de la ley, la educación y los medios de comunicación. No se puede flojear en esa batalla que, por desgracia, desvela estadísticas anuales in crescendo. De ahí la importancia de perder el miedo a denunciar al menor motivo, tanto por parte de la víctima como de su entorno. Nadie debe cruzarse de brazos cuando detecta la violencia.

Al menos logré que me diera la razón. Aún así, replica que quizá por el efecto pendular a la tradición, se ha ido al otro extremo. Hasta tal punto, que al amparo de la legislación se encuentran vericuetos para la venganza, algunas veces incluso con la animación de los abogados. Se hace imprescindible que los jueces, antes de tomar su decisión, gasten un poco de su tiempo en hablar y reflexionar con la denunciante hasta averiguar la verdad. Entonces, obrar en consecuencia con todo rigor de la ley.

A lo que iba en el inicio de esta columna. El tiempo dirá si la previsión de la amiga de Rogelio puede llegar a ramos de bendecir. Quizá porque yo lo sé distinguir, debería quedar clara la diferencia entre el reconocimiento de la belleza y la grosería, entre el piropo ingenioso y el acoso. Así es la vida