Las huellas de convivir con 80 decibelios

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Basta permanecer diez minutos en la urbanización para comprender cómo es su día a día: cuatro aviones sobrevuelan en este tiempo sus cabezas. La normativa dice que los afectados, en sus viviendas y durante el día, no deberían soportar más de 50 decibelios. La realidad es otra: cada vez que uno de estos aviones se aproxima supera los 80 decibelios. «Ni tapones para los oídos, ni dobles ventanas, ni ninguna de las medidas que podamos tomar para minimizar el ruido de las aeronaves». No hay nada, señalan los afectados, que consiga que «te acostumbres a este estruendo», subraya una de las integrantes de la Asociación Contra el Ruido de Santo Domingo. Su portavoz insiste en los efectos que todo ello tiene sobre la salud: «Hay vecinos con depresiones muy graves. Tienen que estar bajo tratamiento y esto es algo serio». Y no sólo deben convivir con el ruido. Los habitantes de esta localidad no tienen más remedio que soportar las fuertes vibraciones que produce el paso de los aviones: «Las paredes tiemblan cuando pasan estos aviones. Es insoportable», reconoce otro afectado. Paco sabe bien de lo que habla. Después de 30 años en la urbanización, este jubilado no se rinde. «No pienso irme de aquí hasta que me muera». No en vano, esta casa, pese a los ruidos y a los temblores, es toda su vida: «Todos mis recuerdos con mi familia». Son 950 familias las que sufren el ruido provocado por el aterrizaje en la cuarta pista de Barajas, construida después de que ellos levantaran sus casas. Pese a al trastorno que todo ello genera en la vida diaria de estas familias, son pocos los que optan por irse a vivir lejos de esta «orquesta sonora» que les acompaña día y noche: «Irse a vivir a otra casa sería reconocer que ellos han ganado y que llevan razón», concluye Paco.