Elegía por los homenajes perdidos

Los homenajes requieren presencia. Se recuerda a los que a no están, estando

FOTO: La Razón La Razon

Tenía solo 14 años cuando tomé la decisión de pedirle consejo a un escritor de verdad. Tras un tiempo garabateando mis cuadernos escolares con relatos de terror y de misterio, en casa empezaba a repetirse una pregunta incómoda: «Y tú, ¿ya has pensado qué vas a ser de mayor?». Yo, claro, lo había decidido, pero temía que la elección no fuera del agrado de mis padres. Quería dedicarme a explorar los grandes misterios del Universo y a escribir sobre ellos. No sabía qué nombre tendría esa profesión ni dónde podría estudiar algo así. De hecho, nadie a mi alrededor poseía esas respuestas. Todas las profesiones con futuro pasaban por una carrera, por una oposición o por ambas. Y lo de «escribir misterios» no encajaba en ninguna. Por eso decidí salir de dudas enviándole una carta al único hombre que –a ojos del preadolescente que era– podría sacarme del laberinto. Se llamaba Antonio Ribera. Había publicado más de medio centenar de libros sobre el mar, el espacio y los arcanos del pasado. Era hijo de un lusófilo amigo de Unamuno y presumía de ser un políglota capaz de expresarse en seis idiomas. Organizó la primera expedición científica española a la isla de Pascua e incluso fundó un Centro de Estudios Interplanetarios con sede en la calle Balmes. «¿Qué consejos puedo darte?», se excusó en la respuesta que recibí a vuelta de correo. «Soy un viejo lobo solitario que siempre ha ido por libre y que empezó en unos años, los lejanos 50, en los que todo estaba por hacer». Después, a renglón seguido, soltó su lista de recomendaciones e insistió en la última: «aprende idiomas». Naturalmente, le hice caso.

En los años siguientes Antonio Ribera se convirtió en uno de mis mejores amigos. Pese a que nos separaban cinco décadas de vida, Ribera ocupó un lugar importante en el tiempo en el que busqué mi lugar en el mundo. Lo visitaba siempre que podía en su casa atestada de libros y gatos en Sant Feliu de Codines, en el Vallés cercano a Barcelona, y allí me «contagió» de su mundo. Ribera fue el traductor de Arthur C. Clarke y de Thor Heyerdahl entre otros grandes autores, e incluso recibió la Cruz de Sant Jordi de la Generalitat por sus aportaciones la cultura catalana. Falleció en 2001. Hace justo un año me di cuenta de que 2020 marcaba el centenario de su nacimiento y, entusiasmado, envié otra carta al alcalde de Sant Feliu para sugerirle que tal vez sería buena idea diseñar una programación cultural que honrase su memoria, e incluso que pensase en dar su nombre a una calle o a una sección de la biblioteca municipal. Pere Pladevall, el regidor de entonces, acogió aquella petición con vivo entusiasmo. «¿Sabes? Conocí a Antonio en el instituto; venía a menudo a darnos charlas de sus cosas», me dijo.

Pero entonces, en mitad de aquel proyecto, llegó la covid y todo se malogró.

Su caso es solo uno de los muchos homenajes que se han perdido en estos meses. Isaac Asimov –a quien Ribera tradujo también– nació en 1920 y no se lo ha honrado en los tradicionalmente muy concurridos festivales de ciencia-ficción de los Estados Unidos. Todos se han cancelado. Un siglo habrían cumplido asimismo Fellini, Mario Puzo (el autor de El Padrino), o Miguel Delibes. Decenas de conferencias, proyecciones y grandes eventos se han anulado antes siquiera de ser propuestos. Y otro tanto ha sucedido con Beethoven. El miércoles se cumplen dos siglos y medio exactos de su nacimiento y en Bonn o en Viena, las ciudades que lo vieron nacer y morir respectivamente, la pandemia ha cerrado las salas de conciertos frustrando en buena medida su recuerdo. ¿Alguien celebrará el próximo 22 de diciembre los 150 años de la muerte de Gustavo Adolfo Bécquer en Madrid? ¿O el siglo que llevamos sin Galdós? Me temo que no. Al menos, no a la altura que merecen.

Los homenajes requieren presencia. Se recuerda a los que a no están, estando. No valen solo las reediciones de sus obras o una mención en los telediarios. Hay que llevar flores a sus tumbas, interpretar sus partituras o tertuliar sobre sus escritos. Pero eso lo ha impedido la pandemia.

En Sant Feliu de Codines tenían todo preparado para celebrar el «Año Ribera». Habían acondicionado un teatro de más de medio millar de asientos para aplaudir a Antonio. Incluso habían encargado las placas para renombrar uno de los pasajes del pueblo y señalar la fachada de la «casa de los mil gatos» a la que yo iba a verlo. Ahora duermen en un almacén municipal aguardando su momento. Lo presencial –el homenaje de verdad– ha tenido que posponerse. ¿Cómo van a celebrar nada con los hoteles y los restaurantes cerrados? ¿Dónde acogerían a las decenas de amigos y lectores de Antonio que habrían viajado al Vallés Oriental para recordarlo?

El precio de esta covid no debería medirse solo en seres queridos perdidos, en número de contagiados o en cifras de recesión económica. En la ecuación debería figurar también la memoria perdida y los mil y un eventos que nos han convertido en desagradecidos forzosos. Esta cultura del recuerdo debería pensar cómo exorcizar esas perdidas de algún modo… aunque dudo que lo haga. Por desgracia, el tiempo pasa inexorable y en 2021 habrá otros muchos talentos que honrar. Somos así. Y no me gusta.