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La Razón
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A las veinticuatro horas de jurar su cargo como presidente de los Estados Unidos de América, a Donald Trump se le han manifestado en Washington cien mil mujeres. Entre ellas, conocidas artistas del cine y la canción, como Madonna y Scarlett Johansson. Meryl Streep no pudo desplazarse hasta la capital de los Estados Unidos porque tenía una cita previamente programada con su peluquero, Stéfano Pogliari, que es un manitas. En España, pocos se atreven a criticar a la institución de la Ceja y sus principales activistas. José Luis Garci, Arturo Fernández, Marta Etura, Kike San Francisco, y alguno más. En los Estados Unidos, los defensores del resultado democrático de las elecciones son muchos, desde Clint Eastwood a Nicole Kidman, que es australiana pero sin duda, una de las grandes estrellas femeninas de Hollywood.

Trump, como presidente de los Estados Unidos, es todavía un enigma. Y creo que por educación, hay que concederle un plazo superior a las veinticuatro horas. Para mí, que en las últimas elecciones han competido los dos peores candidatos de la Historia de los Estados Unidos, y ha ganado el que los votantes han considerado menos malo. De Trump lo único que me convence es su decisión de trasladar la embajada de los Estados Unidos en Israel de Tel Aviv a Jerusalén, que es donde habrían de reunir sus sedes diplomáticas todos los Estados occidentales representados en aquel gran país. El resto de Trump, me asusta como a todos. Pero igual de asustado estaría con Hillary Clinton en el poder, o quizá más. Trump no puede seguir siendo el Trump que conocemos, porque el sistema se lo impedirá. Si yo fuera su yerno, que tengo entendido que no lo soy, le recomendaría que se quitara la ardilla rubia de la cabeza y que eligiera a un asesor de imagen para pulir gestos y corbatas. Porque hasta la fecha, lo único que se puede criticar con fundamento del nuevo presidente de los Estados Unidos son los gestos y las corbatas. Sus palabras, bravuconadas, horteradas, amenazas, insultos y demás desahogos de Trump, son criticables como candidato, no como presidente. Y hay que concederle un margen de respeto superior a las veinticuatro horas que le han dado las feministas americanas, que son más o menos tan pesadas como las de aquí, aunque sus movimientos sean libres y no subvencionados como en España.

Está claro que Donald Trump no ha nacido con las características propias de los hacedores de amigos. No sabe hacer amigos. Pero no ha necesitado estar al lado de un hombre o una mujer, comiéndose los cuernos y las adversidades, y gozando de múltiples privilegios, para aspirar a ser el sorprendente emperador del mundo libre. Ha triunfado en el trabajo y en los negocios, y eso se valora mucho en los Estados Unidos, en donde se cree más en el talento y el esfuerzo del individuo que en el llamado colectivo, la masa gris que reúne a quienes no destacan. Aquí en España, nuestras izquierdas defienden con pasión a los demócratas americanos y recelan de los republicanos. Ignoran que el demócrata americano más izquierdista es más conservador que Mariano Rajoy. Y que los republicanos representan a lo que aquí interpretaríamos como una derecha extrema, que tampoco es así. Nixon fue un desastre, pero Reagan ha pasado a la Historia como uno de los más grandes presidentes de los Estados Unidos. Y era actor de cine, circunstancia que no le perdonó jamás Sean Penn, que también lo es, pero peor.

Trump se ha merecido ser vigilado y observado con una lupa gigantesca. Pero la lupa no ha detectado todavía ningún escándalo del nuevo presidente. No ha tenido tiempo. Lo democrático es aceptar los resultados de las elecciones y concederle un plazo superior a las veinticuatro horas para enjuiciarlo. Ya se verá lo que da de sí y lo que da de no, aunque el «no» le gane en las apuestas al «sí».