Andalucía dolorosa

Cuando Griñán, hace unas semanas, aseguró que Andalucía iba a ser la vanguardia del cambio en España a más de uno se le saltaron las lágrimas. A los buenos, de tristeza. A los rebeldes, de rabia. Los más fieles hubieran preferido que el presidente de la Junta hubiera sido más prudente. Con una tasa de paro, según la EPA, del 36% y con más del 65% de sus jóvenes sin trabajo, Andalucía no puede liderar nada, al menos en el terreno económico y menos en el político. ¿Cómo es posible que con una legislación laboral semejante al resto de España esta comunidad mantenga desde hace 30 años un diferencial negativo de paro de 10 puntos? A mediados de los años 70 esa diferencia era de 6 puntos pero desde el comienzo de los años 80 se abrió la horquilla y no se ha cerrado desde entonces.

El asunto es suficientemente serio como para que nos olvidemos de lo políticamente incorrecto. Hay que gritar a voces lo que los economistas llevan diciendo desde hace mucho tiempo. El subsidio agrario, conocido como PER, provoca que la gente no se vaya a otras comunidades a buscar trabajo. Y eso crea una bolsa constante de subempleados-desempleados. Otro elemento decisivo es la baja productividad, consecuencia en gran parte de la mala educación. El porcentaje de andaluces con estudios superiores es de poco más del 43% de la media europea. Es la receta perfecta para un desastre: mucha población joven y mal formada. A eso se añade poca inversión en los sectores más competitivos y poca flexibilidad para ajustar las condiciones de trabajo. El cuadro lo completa un gran protagonismo de un sector público poco rentable en términos de creación de riqueza. Lo malo de una política excesivamente estatalista es que no incentiva la cultura de la creatividad y del emprendimiento. El riesgo se considera una amenaza. El caso de los ERE falsos quizás sea la peor metáfora de una mentalidad que ha hecho mucho daño. Esta Andalucía no puede, al menos con los gobiernos que ha tenido en los últimos 30 años, estar al frente de nada.