Juegos Olímpicos

Bolos montañeses

La Razón
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Cuando asistí por primera vez a una partida de bolos montañeses, en la bolera de La Rabia, me enamoré de este deporte. Fuerza, poder, precisión, señorío y buen ambiente. Creo que fui fiel a ese amor durante más de cuarenta años. Me precio de haber sido amigo de todos los grandes mitos del pasado y los maestros del presente. Pero mi amor, sinceramente, ha menguado por culpa del cansancio. Algo tendrá que ver el paso de los años. Ahora me divierto en las partidas de aficionados, no en las de los escogidos profesionales. Y he perdido el interés por participar de los bullicios de los corros. De los bolos montañeses han escrito Gerardo Diego, Amós de Escalante, José María de Cossío, Pepe Hierro y José del Río Sanz. Los bolos montañeses reunían en los domingos de primavera y verano a todos los vecinos en torno a la bolera. Se jugaba a gananciales. Las boleras, en un principio, se ubicaban en los aledaños de las iglesias, y más tarde, en la plaza de cada pueblo, cerca del bar y del ultramarino. En las fiestas, ellos competían y ellas se vestían de dulce para enamorar a los campeones, que con su esfuerzo en el tiro componen la estética de Roma y Atenas. Y corría el vino de la Nava, o el clarete, y cuando los padres se descuidaban, mozos y mozas, prado abajo, buscaban los sotos de los ríos para hacer lo que han hecho siempre las parejas de enamorados.

Los bolos, en la actualidad, están reglamentados estrictamente. Y hay dos clases de aficionados. Los puristas, defensores de la eternidad, y los prácticos, aquellos que pretenden que este deporte rural y prodigioso se haga más digerible y los jóvenes, de nuevo, se sienten en los corros. Una partida de bolos disputada en la modalidad del concurso, puede durar seis horas. Y los jóvenes de hoy no son los de antaño, que invertían todo su tiempo libre en el juego de los bolos. El público actual de los bolos es de otoño hacia arriba, o más bien hacia abajo, camino del invierno. Y han vencido los puristas, los que recelan de las nuevas ideas, los que se creen invadidos por quienes, de fuera, intentamos que los bolos sean cambiantes, divertidos y retadores, y no una antesala de la eternidad.

De siempre he opinado que si los bolos montañeses los hubieran inventado los ingleses, formarían parte de los Juegos Olímpicos. Por desgracia, la situación no permite el optimismo. Cada día que pasa hay más escuelas de bolos, y mayores y mejores premios, y un gran trabajo federativo en colaboración con las peñas. Y cada día que pasa, hay menos aficionados dispuestos a entregar seis horas de su vida para asistir a una partida. La emoción, las viejas sonrisas, los comentarios sabios, y los públicos jóvenes se reúnen en las boleras de los pueblos, pero no en las tribunas donde se disputan los partidos de Liga y los premios importantes. Antaño, cuando yo me enamoré de los bolos montañeses, había quince o veinte jugadores capacitados para ganar cualquier campeonato. Hoy no llegan a la media docena. Y las boleras son mejores, mejores las bolas y los bolos, mayores los cuidados e infinitamente más generosos económicamente los premios y las dietas. Creo que el Campeonato de España y el Provincial deben mantener su estructura de concurso que premia la regularidad. Pero fuera de ellos, el resto de las competiciones harían bien en aligerarse. Al paso que vamos, las nuevas generaciones de grandes jugadores tendrán que acostumbrarse a jugar en corros deshabitados y boleras sin apenas público.

Los bolos montañeses se juegan en Cantabria, en el oriente de Asturias, en el occidente vascongado, y allá donde hubo un emigrante montañés con nostalgia de su tierra. En Madrid coexistieron más de quince boleras, y gracias a los jándalos, se juega a los bolos en Sevilla, en Cádiz, en Jerez y el Puerto de Santa María. Y hay boleras en México, en Florida y hasta en Buenos Aires. También en Barcelona, donde todavía no los han prohibido, que todo se andará.

Hoy escribo en un periódico con expansión nacional de este deporte maravilloso que se ha detenido en contra de la evolución. Nadie que haya visto por vez primera una partida de bolos, se ha sentido decepcionado. La decepción principia cuando se ha asistido sentado a más de mil competiciones. Caminamos hacia atrás porque no hemos sabido valorar el tiempo de la juventud. Los jóvenes aman este deporte, pero no desean a su temprana edad conocer el misterio de la eternidad.

Lo que antaño fue pasión y amor, hoy es cariño. Un cariño cansado y decepcionado por la incomprensión y la tozudez de los puristas que no han entendido todavía que su deporte prodigioso tiene un futuro tan limitado como el establecido por su territorio de influencia. O se abre, o se termina. Como el amor.