«Cárcel-Gourmet»

La Razón
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No he tenido la oportunidad de vivir una experiencia carcelaria. Nunca he sido detenido, aunque de llegar a gobernar Podemos la situación puede cambiar. Pero de momento, soy un ciudadano sin rejas en su mochila. La acción más grave que he protagonizado contra la justicia, las leyes y el orden fue dirigirme como «bwana» a un policía municipal de Madrid cuando llevaban aquel casco blanco con forma de salacoff. El municipal ni me miró.

A estas alturas de la cosa, aún confundo a Rull con Turull. Estos golpistas sí han estado en la cárcel, y es muy probable que retornen a ella cuando sean juzgados. Se han quejado de la calidad de la comida en las prisiones españolas. Que han sufrido mucho. A uno de ellos le salieron llagas en la boca. De «mala y flatulenta» la califican. La humillación fue tan severa que un día las hamburguesas estaban tan quemadas que se les rompió el tenedor de plástico. No obstante, después de un mes de torturas, han salido de la cárcel con muy buen aspecto. El sistema penitenciario español es tan inflexible, que los funcionarios les permitían recibir toda suerte de paquetes y dádivas. Butifarras, fuet, chorizos... Los fiambres, ya se sabe, ingeridos en grandes cantidades, son flatulentos. De ahí el disgusto de Forn cuando se ha visto obligado a compartir celda con Junqueras.

Durante los quince meses de mi Servicio Militar, que tanto agradezco haber cumplido, la comida no era buena, hay que reconocerlo. Dar de comer a dos mil reclutas y soldados no permite alardes gastronómicos. El arroz valenciano era en exceso compacto, la ensaladilla rusa no era ni ensaladilla ni rusa, y las hamburguesas en nada se parecían a las de Horcher. Pero se vendían productos en la cantina, y no había problemas. En las prisiones hay economatos para complementar la alimentación, pero son de pago.

Si por cualquier causa me veo obligado a ser huésped obligado del Estado, estoy seguro de que seré atendido por mis amigos de extramuros. Y que de cuando en cuando, me mandarán de Zalacaín el búcaro de gelatina, caviar, salmón y huevo de cordorniz. Y del Jose Luis de la calle Rafael Salgado, los huevos a la cubana con morcilla, plátano frito y el maravilloso chorizo de Villarcayo cocido con sidra. Y de Hevia, unos flamenquines. Y si los de Podemos me dejan elegir prisión y opto por Santoña, mis amigos Herrera me enviarán al penal filetes de merluza rebozada, los Cofiño de Caviedes cocido montañés, y desde El Oso de Cosgaya, Ana me llevará su cocido lebaniego, con la morcilla al modo de Ricardo Escalante. No entiendo la falta de atención que han demostrado los restaurantes de Barcelona con los héroes de la República encarcelados. Temo de la cárcel, cuando Podemos gobierne, la falta de libertad, el aburrimiento, la sesión de tortura estalinista y demás inconvenientes, pero no la comida. Seré un preso obediente, tomaré lo que me ordenen y complementaré mi alimentación con los envíos de mis amigos. Desde el Landa de Burgos, el cochinillo asado, o el escalope de ternera con patatas panadera.

Pero una cárcel no puede competir con los establecimientos antes mencionados. En la cárcel se come como antaño en la Mili. Comida abundante, pero algo descuidada por la cantidad de comensales a los que va dirigida. En la Mili, allá en Camposoto, era maravilloso el pan. Los bocadillos sabían a gloria bendita, y el pan militar era el mejor que he probado y tomado en mi vida. En quince meses no me salió ninguna llaga en la boca, ni me sentí humillado, y si algún día las hamburguesas estaban quemadas, me las tragaba quemadas porque el ejercicio de la instrucción militar abría los estómagos. Sucede que los héroes catalanes se pasaban el día sentados viendo las series de Antena-3, y entre ellas, «El Secreto de Puente Viejo» que lleva 2.785 capítulos. Cuando vuelvan a chirona, seguirá la serie, así que tranquilos.

Rull y Turull, que ya tienen experiencia, deben afrontar su futuro penal –que lo tienen asegurado–, llevándose a la cárcel unas perras para adquirir los productos complementarios. Y hacer ejercicio para abrir el apetito. La Cárcel-Gourmet todavía no se ha inventado. En ocasiones, los héroes de la República de Cataluña se soliviantan por tonterías. Vamos, vamos, vamos.