El blues del autobús

La Razón
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En vista de que los aplausos han sido pocos e inciertos, más bien producto del onanismo propio del grupo al que se le ocurrió que era una buena idea, digamos que pase el siguiente número de circo. La escena está mustia y hay que ver si la parroquia se esmera más allá de este trabajo de fin de curso de la ESO, que, más que un titular de periódico, pedía un lugar en la final de «Tú sí que vales» o un «talent show» de ese estilo bizarro en el que un señor, por ejemplo, demuestra que es capaz de unir sus dos orejas, o que salta a la pata coja mientras toca el saxofón. Los pulgares, pues, se inclinan hacia abajo, Homer Simpson se aburre, a las vacas se les baja la tensión. De hecho, me pregunto qué hago escribiendo sobre esta tontería con el ánimo bajo las ruedas y la biodramina en los dedos. El autobús no da ni para un entremés. Ni una «matrimoniada». Es flojo. Conceptualmente banal, de diseño infantil, caca, pedo, pis. Argumentalmente ridículo. Muchos personajes quedaron fuera en la última temporada de la serie. Otros no son nadie como para formar una trama o ya están en la cárcel por lo que, además de vulgar y moralmente rechoncho, resulta poco creíble. Es un navajazo a la yugular de la pereza, que es ya atonía pura, astenia emocional y en algunos tramos muerte súbita del intelecto.

Si hasta aquí ha llegado la imaginación, en tiempos fértil, de Pablo Iglesias hemos de suponer que a Sansón le falta la melena aunque todavía la luzca. Si la revolución era un autobús hubiera bastado una bicicleta que no contamina. Lo grave para Podemos es que de manera muy ostentosa la forma se ha impuesto al fondo con lo que el mensaje se licúa en un sinsentido episódico y ya da igual el muñeco de feria al que le hacen vudú. Lo peor, para ellos, claro, es que quedan como unos chicos del club de la comedia con poca gracia, que es lo peor que le puede pasar a un cómico. Un feo que se hace pasar por guapo. Un Cyrano sin nadie para soplarle. Una botella de vino vacía. O la rellenan pronto o la borrachera radical vivirá en la resaca permanente, que es como estar en el purgatorio, con dolor de estómago y halitosis grave. El autobús recorre la crisis de un partido que no sabe qué hacer en el recreo. Es un docudrama sobre el proyecto político que no alcanza más meta que la de estar rodando como una bala perdida en busca de una parada en la que estirar las piernas. Alguien engaña al líder o éste se deja engañar. Incluso el patetismo que rezuma es indoloro y fugaz. No llega a dar lástima. Ni verdadera indignación. Es tan falso que no provoca más que sueño y extrañeza. ¿Es esto real y es tan malo? Uf, qué dura debe ser la travesía del desierto, cuántos espejismos se deben encontrar en el camino, cuánta la sed y el infortunio.