Elecciones en Holanda

La Razón
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Se han celebrado las elecciones en Holanda. Las primeras de las que se contemplan con gran expectación por su capacidad de condicionar el futuro Europa. Holanda aparecía como el primer gran riesgo de victoria del populismo alineado con los postulados de otros partidos europeos defensores de la salida de la UE ante lo que consideran un fracaso de la misma para defender los intereses nacionales. El Partido de la Libertad no ha conseguido la victoria, quedando por detrás del Partido Liberal Conservador, actualmente en el Gobierno, con una diferencia de más de diez escaños.

Era tal la preocupación que la pérdida de 8 escaños del partido en el Gobierno y la subida de 5 escaños de los populistas se ha presentado como una gran victoria y un alivio para toda Europa, que considera que se ha frenado al populismo, en este caso de derechas. Hay sin duda razones para esa lectura, pero quedarse en eso puede ser demasiado simple.

El Parlamento holandés se ha fragmentado aún más de lo que estaba. Hay al menos doce partidos con representación. El hecho de que el partido del primer ministro haya vuelto a ganar por tercera vez consecutiva –aunque con menos fuerza–, implica una apuesta por la continuidad frente al avance del populismo, y, quizás, que el desgaste que se venía produciendo en los partidos gobernantes se esté atenuando ante el riesgo y la incertidumbre que plantean esos populismos si son capaces de conectar con algunas de las preocupaciones que llevan a los ciudadanos a fijarse en ellos. El hecho de que el partido que los representa haya incrementado su representación indica que una parte de su discurso ha calado en una gran parte de la población, y hay que tenerlo en cuenta. La firme actitud del Gobierno impidiendo algo inadmisible como que dos ministros del Gobierno turco pretendieran dar mítines en territorio holandés para recabar el voto de los emigrantes de aquel país de cara a la polémica reforma impulsada por Erdogan es una muestra de que, al menos, esa preocupación por la inmigración y su integración debe abordarse con rigor, determinación y sin complejos si no se quiere dar cancha a esas posiciones populistas. Y de ello deben tomar nota todos los países europeos, y en especial Francia y Alemania, que tienen que abordar sus elecciones en los próximos meses, y donde este asunto constituye una de las preocupaciones mayores de los electores.

Por otra parte, los socialistas se han desplomado estrepitosamente y han surgido con fuerza otras fuerzas por la izquierda dispuestas a ocupar su espacio, lo que ahonda en la crisis de identidad del socialismo a nivel europeo, que ha abandonado sus posiciones socialdemócratas tradicionales y su sentido de Estado ante la crisis para echarse en brazos de posiciones radicales, tratando de ocupar el espacio de estas nuevas fuerzas, facilitando los populismos de izquierdas, y olvidando que los ciudadanos siempre prefieren el original a la copia y desconfían de ese travestismo político. De eso también deben de tomar nota los socialistas del resto de Europa para recuperar el papel tan necesario que deben jugar ante los retos que tenemos de cara al futuro inmediato.

El primer asalto parece que se ha salvado, pero a costa de fragmentar la representación política y provocar gobiernos cada vez más débiles, y sin que los populismos dejen de perder fuerza. Por eso deben redoblarse los esfuerzos por recuperar partidos nacionales fuertes, con un liderazgo fuerte y un proyecto ilusionante y claro que conciten el apoyo mayoritario de la población, o el riesgo permanecerá, incrementándose en cualquier momento.