Estiércol

La Razón
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Ahora que se han hecho públicas las circunstancias que predominaron en la detención del «Carnicero de Mondragón», terrorista de la ETA y asesino de diecisiete personas, una de ellas un niño, queda sobradamente demostrado que los etarras no defecan de miedo, y sí estercolan de pavor. El «Carnicero de Mondragón» es la síntesis de la cobardía. Sin que le rozaran un pelo los guardias civiles que lo detuvieron, cantó todos los zorcicos que aprendió de niño, los zorcicos que aprendió de joven y los zorcicos que aún no estaban en trance de creación. Del inevitable «Maitechu mía», que es como el «Adaggio de Albinoni» de los zorcicos, hasta el «Pello Josepe» pasando por «Montañas de Guipúzcoa» de Los Bocheros y el «Goizeko Izarra», que tan prodigiosamente entona el Orfeón Donostiarra. «Goizeko Izarra», Estrella de los Mares, que así se llamaba el lujoso barco del multimillonario traidor Ramón de la Sota, apellido de hondas raíces montañesas, que no vascongadas.

Los etarras tenían aprendida la lección. Denunciar por torturas y malos tratos a la Guardia Civil y Policía Nacional cuando caían en manos de la Justicia. Quizá uno de los pocos defectos del gran libro de Fernando Aramburu «Patria», que da como probados los abusos policiales. Me contaba un oficial de la Guardia Civil que los etarras se estercolaban por sí solos, sin ayudas violentas. Bastaba y sobraba con llevarlos a la soledad de un monte y aguardar, sin necesitar de excesiva paciencia, el acceso del estiércol a sus pantalones y la iniciación inmediata del canto.

Decía que los «grapos» eran más bragados, pero que el etarra esposado perdía su compostura en pocos minutos. El gran jefe «Pakito», no sólo cantó voluntariamente zorcicos; también pasodobles, cuplés y martinetes.

Resulta cómica la vestimenta del gallina Zabarte cuando fue detenido en Hernani, la localidad de «Patria», en 1984. Ahí estaba, con un mono azul de mecánico de automóviles de la Guardia Civil. Se lo facilitaron los guardias civiles en beneficio propio, porque el estiércol de homínido carece de la amnistía olfativa del estiércol bovino, que tiene algo del romanticismo ganadero de las cuadras y las vaquerías del norte. Los guardias civiles ducharon al terrorista cagueta y le prestaron un mono de mecánico para no desmayarse de anestesia fétida durante el interrogatorio. Un interrogatorio que se convirtió en un monólogo, porque el asesino capón, el terrorista corito, se pasó de colaboracionista. Ofreció a la Guardia Civil los datos de otros etarras, ubicación de zulos, relación de cómplices y demás señales que tan útiles resultaron en la lucha antiterrorista. Sus compañeros de «talde», «Txuría» y «Kattu», fueron abatidos en el tiroteo, mientras el estercolado canalla, tumbado en el suelo, no fue capaz ni de montar su pistola. Y lloraba cuando los guardias llegaron hasta su escondite. Muy valiente para matar por la espalda, disparar contra las nucas y presionar los mandos de las bombas-lapas a prudente distancia, pero un clamor de lágrimas, ruegos y estiércol cuando cayó en manos de las Fuerzas del Orden Público.

Hoy, ya en la calle y beneficiado por la generosidad de la Justicia y las leyes, Zabarte se siente seguro. Lleva unos pendientes colgantes de marquesona del XVIII, e intenta con su empecinamiento en no pedir perdón, hacer olvidar su traición y su estiércol. Estuvo presente en la farsa de la entreguita de armas, y se entretuvo charlando con la presidenta del Parlamento navarro, militante de Podemos y gran amiga de Pablo Manuel e Irene. Pero no está contento. Su estiércol le sigue allá donde vaya, y es sombra tan maloliente como agobiante.

Se tomará sus chatos y sus pinchos en compañía de los miembros de su cuadrilla, entre los que no están los padres de «Txuría» y «Kattu», obviamente. Pero eso no es vida. Está libre pero no es libre. Lo indica su permanente y falsa soberbia. Sabe que ha sido un asesino y que es un cobarde. Y Mondragón, o como hora le dicen, Arrasate, no es localidad para tirar cohetes. Nueva York está mejor, y no digamos San Sebastián. Zabarte no abandona Mondragón, y su carácter se agria cada día que pasa.

No tendrá el valor de suicidarse. Y el día que se enfrente a la muerte, lo hará sin honor, como una piltrafa homínida, con el terror del Más Allá dibujado en su expresión de bestia. Morirá como ha vivido, estercolado. Los de la Funeraria acudirán con máscaras higiénicas a meterlo en la caja.

No celebraremos su muerte. Pero las moscas se pondrán como quicas.