Heródoto, el griego de oro

No tenía yo más de 11 años. En unos Reyes, recibí una «Historia de Roma» y un volumen donde se recogían varios historiadores latinos, de Tito Livio a Tácito pasando por César. Conservo ambos libros y los he releído en multitud de ocasiones, pero una de las mejores consecuencias de aquel regalo fue conocer la existencia de un tomo gemelo dedicado a los historiadores griegos. Así descubrí a Jenofonte, a Tucídides y, sobre todo, a Heródoto. En la actualidad no son pocos los que malmiran al autor griego considerando que fue más un transmisor de leyendas que un historiador serio. No son menos los que ven con gesto de desprecio el que Heródoto se permitiera dedicar sus libros a alguna de las musas. Son objeciones típicas de gentes que no poseen la capacidad de retrotraerse a otras épocas y, por lo tanto, se encuentran invalidados para el ejercicio de la Historia. Porque la verdad indiscutible es que las páginas de Heródoto ofrecen docenas de lugares en los que recalar para enorme disfrute y sabroso aprendizaje. El odio de los sacerdotes egipcios hacia Keops, el constructor de la gran pirámide; las leyendas sobre la infancia del incomparable Ciro el persa; la descripción de la extraordinaria riqueza –y no menos extraordinaria desgracia– de Creso, el rey de Lidia; el heroísmo de los griegos que se enfrentaron con las sucesivas invasiones persas durante las guerras médicas... Todas esas historias y más fueron pasando por delante de mis ojos infantiles. Años después, con el deseo de conservar los conocimientos de griego adquiridos durante el extraordinario Bachillerato de Letras, sólo pude dar con dos libros en esa lengua. El primero fue el Nuevo Testamento; el segundo, la parte de las Historias de Heródoto dedicada a Egipto. Si la lectura del Nuevo Testamento cambió mi vida, la de Heródoto me recordó que tenía una deuda con la cultura griega, una deuda que nunca lograré saldar.