La Bella y las bestias

La Razón
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Desayunamos azúcar triste. Cuando las golosinas no sepan a nada significará que la civilización se ha extinguido aunque vayamos cada día a trabajar o a soportar un atasco. Tendremos mercurio en las venas. Esas distopías que disfrutamos en las ficción empezamos a vivirlas de verdad. Digamos que ya existe una realidad virtual o un universo paralelo. Este es el siglo del pesimismo y la involución. Más que avanzar, no digo ya con euforia, sino con alegría, se retrocede, como en esos efectos especiales en que uno se ve andando al frente mientras una muchedumbre se moviliza hacía atrás, al mismo tiempo. La libertad de pensar lo que cada cual considere se ha cambiado por una censura abierta que condena al disidente al insulto o al ostracismo. Nos controlan a diestra y siniestra. Apenas unos pocos se manifiestan abiertamente cuando la masa decide por sí sola o manipulada en extremo. La gama de grises ha desaparecido; ya solo hay lugar para un color, el que toque según el asunto.

Hay mil ejemplos. El último, la controversia feminista por la respuesta a los acosos sexuales. ¿Es necesario explicar que si me parece retrógrada la campaña del #MeToo hay que dejar claro primero que no se defiende al acosador, al violador o al cabrón o cabrona que se aprovecha de su poder para cazar a sus víctimas? Pues sí, hay que explicarlo si no quieres acabar despellejado. Las llamadas feministas se han lanzado al cuello de Catherine Deneuve como al cordero de su sacrificio. Las bestias han salido a destrozarla. Con más saña aún por ser una mujer. ¿Cómo se atreve? La historiadora Christine Bard la comparaba ayer en otra tribuna en la Prensa francesa con las que en su momento estaban ¡en contra de que las chicas montaran en bicicleta! Ni siquiera las mujeres pueden opinar lo que no les dicta lo trazado como políticamente correcto. Las señoras de Arabia Saudí han sido autorizadas a asistir a partidos de fútbol. Poco antes, a conducir. Pero este feminismo ultrafacha se mueve en la geoestrategia global a su conveniencia. Lo que ocurra más allá del espectáculo de su televisor no excita sus hormonas. La campeona española de ajedrez se ha sumado al boicot al campeonato que se cebra en Riad porque rechaza «las normas de conducta con las mujeres de la sociedad árabe». ¿Alguien se ha enterado? Eso es dar ejemplo y no clasificar furibundas desde la comodidad del sofá lo que vale la mirada de un hombre al que se puede mandar a la mierda. Ha tenido que llegar la Deneuve que se dejó atar por el misógino de Buñuel para ponerlas en su sitio, el altar totalitario de las grandes hermanas.