Literatura acatarrada

Proliferan los talleres de escritura para personas interesadas en el oficio de la literatura. Yo los miro con recelo porque creo que la escritura no es una afición que se adquiere, ni un oficio que se perfecciona, sino una necesidad que se padece, algo que sobreviene por pura fatalidad, a veces por una simple carencia, como sucede con el bocio. El escritor lo es instintivamente y habrá de extremar las precauciones para que las normas no malogren su actitud. A veces los monitores de esos talleres de escritura explican la necesidad de que el mensaje resulte claro y preciso, que la idea expresada sea inequívoca, de modo que si uno describe la plancha de la ropa, el lector no entienda que se trata de un pisapapeles. El consejo es ideal para redactar un pedido comercial y que al encargar por correo una merluza del pincho, no te traigan una liebre. Al escritor le conviene reservar un papel relevante al instinto, a lo que le pide el cuerpo, sin importarle siquiera que el resultado pueda parecer confuso, incluso precisamente por eso, dando por cierto que quien se siente escritor acaba siempre por encontrar su punto de literatura sin necesidad de instrucciones, instintivo para acertar, igual que de manera natural el caballo detenido frente a una hoguera no huye jamás hacia el interior del fuego. Me gusta la gente que escribe sin obediencias académicas, libre como el agua del manantial que no pasa por el grifo. Lo digo por experiencia. Mi mejor momento en relación con las chicas lo tuve en los comienzos de mi carrera profesional, cuando se sentían tan halagadas gracias a lo mal que entendían lo que yo les escribía, igual que le sucedía a aquel cantante del Savoy al que las mujeres se le rendían por lo bien que sonaba su voz cuando estaba acatarrado. Y eso es así por la misma razón que la mejor descripción de Praga se consigue recordando confusamente las calles de Lisboa.