Palabras y rebuznos en el dolor

Barcelona sangrada por quienes hemos acogido. He leído muchas palabras de indignación, de tristeza y más de un rebuzno. Pero no se ha mostrado la comunidad musulmana en Cataluña y el resto de España excesivamente herida. En Cataluña, capital del salafismo en España, hay más de doscientas mezquitas, plenamente respetadas por la CUP, por Femen y los grupos y movimientos anticristianos. Viven más de 500.000 musulmanes que son adoctrinados en ellas, muchas de las cuales son financiadas por empresarios de Qatar, que también contribuye al sosiego económico del Fútbol Club Barcelona. No se puede manchar una camiseta gloriosa con el nombre de un Estado presumiblemente asesino. La acción terrorista en la Rambla de Barcelona nos ha dejado a todos los que defendemos la libertad profundamente angustiados. Aún estamos a tiempo de reaccionar, pero en España no tenemos a Putin. «Que Alá, si quiere, los perdone. Mi obligación es mandarlos cuanto antes con él». El mensaje del Rey se ha extendido por todo el mundo. Un mensaje valiente y certero, con la dureza necesaria y sentida. Me extraña que le haya desagradado a un columnista de ABC: «Son unos asesinos, unos criminales que no nos aterrorizarán. Toda España es Barcelona». Bravo por el Rey. En Israel, la nación que guarda la libertad en el Medio Oriente y sufre con mayor frecuencia el odio de sus vecinos, una inmensa Bandera de España ha recordado a las víctimas de Barcelona. Allí, en Tel Aviv donde nace Europa y Europa la olvida. Los canallas, que lo son, de la CUP, han lamentado con mucha timidez el ataque terrorista islámico con un sesgo podrido e infectado. Hablan del terrorismo, pero no lo señalan yihadista, sino fascista: «Terrorismo fascista fruto de las lógicas internacionales del capitalismo». Bueno será que los catalanes tomen nota de las palabras de estos energúmenos. Poco a poco, desde Madrid a Barcelona, pasando por Nueva York, París, Londres, Estocolmo, y todas las ciudades que han padecido el terror árabe, se van cumpliendo los deseos de Juan Carlos Monedero: «Que la lucha del pueblo árabe crezca en todo el continente, y como pólvora, salte a Europa y los Estados Unidos». Así será si seguimos permitiendo en Europa las mezquitas que alientan a la violencia y convierten en odio lo que tendría que ser gratitud. Pablo Iglesias se ha opuesto, una vez más, a formar parte del Pacto Antiyihadista. «Asistiré como observador». No le permitan la entrada. Que observe la fotografía de la niña asesinada tendida en la calle sobre el charco de su sangre. No tiene derecho a observar nada más que el dolor que causan sus protegidos. Y Alberto Garzón, que al igual que el terrorista santificado Otegui, no se atreve a escribir la voz «terrorismo». Para él, ha sido un simple atropello. «Seguimos con atención la información que nos llega del atropello en Barcelona». Miserable es poco.

Excepto en las mezquitas que nuestra gilipollez gubernativa durante decenios ha permitido que crezcan por toda España, no ha habido rincón ni esquina, ni campo, ni río, ni mar ni montaña de nuestra Patria que no haya llorado con dolor y rabia el atentado terrorista de Barcelona. El mundo libre se ha apresurado a regalarnos su generosa condolencia. Pero hemos superado ya el límite de la generosa condolencia. O el mundo libre reacciona, o en pocos años seremos esclavos de estos asesinos que aún no se han movido del siglo XI. Es muy sencillo enseñar desde el odio, y en Europa existen miles de escuelas autorizadas para que el odio hacia los valores cristianos y humanos aumente cada día. Aquí, en nuestro suelo, el mismo que les hemos ofrecido como refugio y solución a sus vidas. Porque el origen de la mayoría de estos terroristas no es otro que el abrazo ingenuo y necio con el que Europa recibe a quienes llegan para destruirla. Ya los expulsamos en su día, y hoy tenemos más medios y poderes.

Si hay que romper relaciones con Qatar y otras naciones árabes sospechosas de financiar el terrorismo islámico, se procede a ello. Si hay que establecer una vigilancia especial en las mezquitas, se procede a ello. Si hay que expulsar de España a quienes enseñan el odio brutal del Medievo, se procede a ello. Si hay que embarcar rumbo a la Edad Media a los fanáticos adoctrinados, se procede a ello. No valen las palabras de los tibios y los cobardes. «El Korán no aprueba la violencia». Pues ya me dirán qué aprueba, qué alienta y qué persigue.

Escribo en la tristeza y la ira. Hay que moderar la ira. La ira no lleva a buen puerto. Pero la ira es necesaria para aclarar muchas cosas. Los terroristas de Barcelona, islámicos, son los asesinos. Pero aquellos que han intentado con sus palabras equivocar a los necios y los ingenuos, están inmersos en el giro del terror. Y en España, la última víctima del odio, los partidarios del terror están sentados en las instituciones oficiales. Gracias por los pésames, pero es hora de actuar.