Parque infantil

La Razón
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No sé qué clase de zumbado puede hacer saltar por los aires un parque infantil como ocurrió hace unas horas en la ciudad de Lahore dejando decenas de muertos, casi todos niños y mujeres. Sabemos que fue un grupo talibán, Jamaat ul Ahrar, pero seguimos sin saber qué clase de zumbado hace estas cosas y forma parte de la especie humana. De un tiempo a esta parte, ser niño se está convirtiendo en una profesión de riesgo, porque a la niñez algunos la han profesionalizado e industrializado, convirtiéndola en una condición lucrativa. Los niños están para utilizarlos, para manipular su imagen y su vida, para servir a una serie de intereses creados por los adultos que, en la mayoría de los casos, ni les va ni les viene. Aquí un padre está contra las vacunas y le dan lo mismo las posibles enfermedades que puedan asolar a su hijo, que decide que la cartilla de vacunación se la pasa por el arco del triunfo. Aquí unos padres se separan y el niño pasa a ser moneda de cambio. Aquí una madre se lleva a su hija sin el consecuente permiso parental al que obliga la ley internacional y cuando un juez la condena echa la culpa a un complot planetario contra ella. En algún momento tendremos que replantearnos dejar a los niños en paz, fuera de guerras partidistas. Cada vez vemos menos niños en los parques, subidos en los columpios o montando en bici, y más niños en televisión, protagonizando las imágenes del día, bien levantando un trozo de cartón para visibilizar su drama en un campo de refugiados o bien protagonizando una campaña de sensibilización de la policía de Nueva Zelanda bajo el título: «¿Ayudarías a un niño que tiene que buscar comida en la basura de tu ciudad?». Durante más de media hora, un niño de 10 años estuvo rebuscando en una papelera y sacando de ella restos de alimentos que se comía. Pasaron 500 personas a su lado, algunos ni siquiera le vieron. Tan solo 10 de ellos se acercaron al niño para interesarse y preguntarle si podían ayudarle. 10 de 500. Así tenemos el mundo. Sangrando.