Trump, el muro y el arte

La Razón
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Se necesita mucho más que una simple huelga de un día para que la presión crítica del mundo del arte contra Trump se convierta en resistencia. Y, particularmente, confío mucho más en el criterio de artistas como el uruguayo Luis Camnitzer que en las «performances» de 24 horas de autores como Richard Serra o Cindy Sherman. Camnitzer ha propuesto reeditar el «muro» de tela de casi 40 kilómetros que la pareja Christo/Jeanne-Claude desplegó desde Sonoma hasta el Condado de Marin. Sólo que esta vez el escenario sería la frontera entre México y EE UU que Trump ha amenazado con bloquear mediante el lúgubre muro del siglo XXI. En rigor, lo que el nuevo presidente ha propuesto no deja de ser la mayor obra de «land art» jamás planteada. No se trata de una ley que no tenga más plasmación que sobre el papel, en una abstracción difícilmente tangible. El muro, por el contrario, quiere ser la medida real más extraordinaria acometida por un dirigente mundial en las últimas décadas. Y, de la misma manera que la frontera que separó a India de Pakistán se ha convertido en el obsesivo asunto de reflexión para los artistas de ambos países, el muro de México no puede sino verificarse como la zona cero del activismo artístico mundial. En paralelo a la pared de piedra opaca de Trump, los llamados «artistas políticos» están obligados éticamente a plantear una intervención igual de ambiciosa y que no se limite a una única fecha. Porque en el caso de que toda la capacidad de protesta de los artistas se limite a un solo día, la «fuerza de resistencia» se disolverá en un simple derecho al pataleo. Si el muro no se va a construir en un día el relato de resistencia del arte tampoco puede circunscribirse a una sola y testimonial jornada.