Y el eco adormecido

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Escribo el lunes, a entre 24 y 48 horas de que Donald Trump revele los fabulosos secretos que sólo él conoce respecto al «hackeo» ruso en las elecciones de EE UU. Para cuando ustedes lean esto es posible que el oráculo ya haya hablado. Qué dirá, cielos. Qué contará que no sepamos. Qué naves habrá contemplado en llamas, más allá de Orión, o qué rayos-c brillar en la oscuridad cerca de la puerta de Tannhäuser. Trump, como el replicante de «Blade Runner», con el que por cierto comparte peluquero, es de esos afortunados que ven cosas que los demás no creeríamos. Se anticipó, un suponer, de presidente electo cuando los demás apenas distinguíamos a un imbécil. O a un quinqui. O a un narcisista. O a un analfabeto. O las cuatro cosas, y más que no escribo por ahorrar en demandas. Pero vamos, que ver vimos de todo excepto al heredero de George Washington. Fue apoteósica su aparición del domingo, a las puertas de un cotillón en el palacio que tiene en Florida, para burlarse de la CIA, dudar de las conclusiones de los servicios secretos que tendrá al cargo, emplazarnos a esta semana con sus espeluznantes revelaciones y, antes de silbar el matasuegras, aconsejar que mejor si envías las cartas con paloma mensajera. Una actuación de una avilantez moral y una nadería intelectual que lo hubiera acreditado para convertirse en nuestro «freak» preferido si no fuera porque eso, rey de la telebasura, monstruo del autobombo, empresario experto en bancarrotas, coleccionista de modelos y emperador del cutrelux, lo es desde hace décadas. Ahora toca, nos toca, que presida los designios de la primera potencia mundial. Así las cosas, habrá que acostumbrarse. La degeneración de las democracias comienza por la obsesión con los referéndums. Crece con el asalto de carismáticos expertos en soluciones mágicas. Culmina con la elección de una vedette con sobrepeso que se cree Patton y no pasa de dueño de discoteca que en sus ratos libres colecciona arañas de Swa-rovski. Normal que sintonice con Putin, otro dandi. De la amistad entre ambos podemos aguardar prodigios como una Siria con el genocida de Bachar al Asad otros treinta años en el trono. O unos países bálticos a cinco minutos de ser canibalizados. En general, una geopolítica basada en la doctrina del país loco. O sea, imantada alrededor de una superpotencia cuyo presidente es tan impredecible y amoral, y está tan chiflado, que puede suceder de todo. Incluso que no suceda nada y lleguemos vivos al final de su primera legislatura. Excepto que sean accionistas de una aseguradora estadounidense, una petrolera o un conglomerado de la industria armamentística (o de una televisión: esto del presidente errático y faltón da un juego que no veas), procuren no hacerse ilusiones. No sé ustedes. Yo, de natural impresionable, espero su mensaje con la ansiedad de un Nat King Cole, mientras mis lágrimas o perlas caen al mar a falta de ansiolíticos y el eco adormecido de este lamento, etc.