Tribuna

Monarquías y monarcas

«Mandar es servir». Y no es solo importante el citarlo y ejercerlo; es necesario transmitirlo a todos los servidores públicos

Amortiguados los ecos de la reciente coronación de Carlos III como rey del Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte, soberano de los 14 residuales reinos de aquellos 56 que formaron la Commonwealth, creo oportunas unas reflexiones sobre el papel hoy de las monarquías parlamentarias europeas impregnadas de tradición cristiana, de las que formamos parte.

Me detengo en la liturgia del acto. Primera oración del nuevo Rey como principio básico: «siguiendo el ejemplo del Rey de Reyes, no vengo a ser servido, sino a servir». Después, arrodillado –alguien dijo que nunca es tan grande el hombre como arrodillado ante Dios– al pie del altar mayor de Westminster invocaría: «dame Señor la gracia para que pueda encontrar en tu servicio la perfecta libertad y en esta libertad, el conocimiento de tu verdad».

Le contestaría el arzobispo de Canterbury Justin Welby, líder espiritual de la Comunidad Anglicana, en tanto de fondo sonaba el «Zadok the Priest» de Händel (1): «Coronamos a un Rey para servir; el privilegio del poder conlleva el de servicio». ¡Este es el verdadero dogma de la autoridad monárquica! Continuaría el Arzobispo, presentes representantes de otras religiones cristianas, musulmanes, hindús, sij y budistas, ratificando: «al Rey se le da gratuitamente lo que ningún gobernante puede alcanzar por voluntad política, guerra o tiranía». Es la fuerza espiritual que entroniza al hombre. Shakespeare se referiría a esta fuerza en su «Ricardo II»: «ni toda el agua del rudo mar agitado, puede quitar el bálsamo a un rey ungido». «La Monarquía es la garantía de la continuidad histórica y su autoridad, siendo constitucional, debe aspirar a ser moral con sentido trascendental de la vida, independientemente del pleno respeto debido a toda profesión y no profesión de fe»; «la fe no contradice la Historia, la magnifica», escribía brillantemente en estas mismas páginas Gonzalo Villalta (2).

Hasta aquí, la lección que extraigo respecto a la Monarquía. Lo referido no se aparta de una de las frases más repetidas en nuestras Reales Ordenanzas para las Fuerzas Armadas y la Guardia Civil que nuestro Rey Felipe VI hace suyas con mucha frecuencia: «mandar es servir». Y no es solo importante el citarlo y ejercerlo; es necesario transmitirlo a todos los servidores públicos; a todos cuantos ejercen labores de mando y gobierno.

Y aquí se plantea el gran interrogante, cuando desgraciadamente no siempre se ejerce. ¿Hasta qué punto quienes mandan priorizan el servicio a los demás como función principal? ¿es que todos los monarcas lo han ejercido y lo ejercen?

Aquí distingo a la Institución, de la persona que la encarna. No hay que ahondar demasiado en la Historia para constatar que monarcas responsables, cercanos a su pueblo, servidores en sus funciones, no solo respetuosos con el orden constitucional sino incluso defensores del mismo, pueden ser esclavos de pasiones y errores humanos en su faceta personal. Aquí se abre la vía de agua que, atacando a las personas, socavan el importante papel de la institución. Como socavarían el papel de la República si se detuviesen en relacionar su función institucional con el comportamiento personal de muchos de sus presidentes, llámense Nixon, Trump, Clinton o Sarkozy.

Ya sé lo que me dirá, querido lector: hay que integrar función responsable con comportamientos personales. Coincido. Y sé que hay ejemplos, cuando se eleva la función y las responsabilidades a la dignidad del cargo, reconociendo la espiritualidad de la función del trono, como la expresada en Westminster.

¿El fiel de la balanza? Claramente cuando domina el sentido ético en la persona que ejerce el poder. De ahí la importancia de su formación, algo que pronto complementará nuestra Princesa de Asturias en la Academia General Militar de Zaragoza.

Viví la ceremonia de la Coronación incrustado entre los miembros de la comunidad británica residente en Menorca con centro en la Capilla Anglicana del Hospital Naval británico (1711) de la Isla del Rey, en pleno centro del puerto de Mahón.

Menorca nunca perteneció a la Commonwealth. Pero la Union Jack, la bandera que combina las tres cruces de los santos patronos de Inglaterra, Escocia e Irlanda, ondeó tres veces durante 80 años entre 1708 –cinco años antes de Utrecht– y 1802, Paz de Amiens. Y regresaron en 1808 hasta 1812 –Collingswood– extrañamente como aliados contra Napoleón a quien, colapsando Toulon, se impidió realizar su segunda expedición a Egipto y rescatar a los 6.000 prisioneros franceses procedentes de Bailén que malvivían en la vecina isla de Cabrera.

Dejaron huella por supuesto. De ahí esta sensibilidad especial hacia ellos, queridos en Menorca, admirables por su respeto a las tradiciones de su Monarquía, orgullosos sin complejos del papel histórico de la misma. Reconozco que siento sana envidia.

(1). Compuesto para la coronación de Jorge II en 1727.

(2). «La coronación del servicio». «LA RAZÓN. 9/V/ 2023».

Luis Alejandre Sinteses general (R).