Familias

El escritor francés André Gide dijo: «Familias, yo os odio». Yo pertenezco a una de estas inefables familias, que coartaban la libre manifestación de algunos sujetos. Mi madre y sus hermanas le hicieron una prolongada guerra fría a su hermano menor, Pepito, porque vivía no casado con una estudiante de español nacida en Montbéliard, Francia. Pepito estaba mal del corazón, y llegado a un momento crítico, los casaron católicamente en artículo mortis, pero a ella siguieron sin admitirla enteramente en la familia.

También yo me he sentido su víctima. -«Si quieres dedicarte a ser un artista, no tienes más remedio que triunfar; de lo contrario, serás la vergüenza de la familia, un fracasado a la merced de tus primos ricos, su chófer, su empleadillo...». La competición a su tope máximo. Cuando mis obras adquirieron un cierto valor, mi madre hacía regalos a la familia y estos eran mis cuadros. ¡Con lo que me costaba rematarlos! Eran de una tendencia vanguardista, surrealistas o abstractos, y el triunfo se hizo esperar mucho. No se consideró una meta que me casara con una altísima funcionaria de una ilustre familia de banqueros judíos. Y pronto advertí sus desventajas. No me era posible ser yo mismo en aquel ambiente saturado de compromisos, y solo saqué en limpio que supe presidir alguna gran cena, con ilustres invitados, como un buen señor de su casa. ¡Para lo que esto me servía! Solo deseaba mezclarme con los artistas bohemios de Montparnasse. Estaba atrapado, fagocitado por el capitalismo burgués.

Miro las fotos viejas de mi familia y saco en conclusión que el burgués era blanco de tez y bueno de carnes, por ser de los que comían a su entero gusto. Pero el talante de austeridad y de madura sensatez me lo dan en imagen mis abuelos paternos y maternos, casados con poco más de treinta años. Ellas, nada de traje nupcial blanco, sino de negro y con mantilla. Ellos, con un bigotazo tremendo, parecen cincuentones, bien aculatados, como las pipas. Imposible imaginar una pasión sexual entre aquellas parejas de calculadores sensatos.

Siempre me han divertido mucho los viejos álbumes de fotos familiares. Casi todos, vulgares y feos, pero de pronto, ¡oh sorpresa! aparece un bello oficial, que me recuerda al conde Vronsky, y una dama de polisón, que bien pudiera ser Anna Karenina. Auténticos personajes de novela. Entre los míos, no encuentro ningún dechado. Al contrario. Conservo una foto de mi madre, de primera comunión a la edad de nueve o diez años. Parece mentira que de una cabecita como aquella brote todo un torrente de pelo negro que le llega más abajo de las rodillas. La buena niña parece salida de una película de terror. La miro y siento miedo.

Qué lindo pelo tienes, carabí.

¿Quién te lo peinará?

Carabí urí, carabí urá.

Se lo peina su madre, carabí,

con peine de cristal,

Carabí, urí, carabí, urá...

El viejo tiempo resucita fantasmagóricamente.

Mi impresión infantil del mundo burgués es que el servicio era muy profuso. Un ir y venir de criadas y de mi madre discutiendo con ellas, las que venían o se iban. Conservo una foto de mi abuelo paterno en nuestra finca de Carneros, con una servidumbre multitudinaria. Él aparece al frente, puro en boca. La burguesía era la gran consumidora de puros habanos. Las bellas cajitas de Cuba eran abundantes y se destinaban a guardar trebejos de costura; ovillos, agujas, tijeras y dedales. Conservaban aquel perfume habano tan familiar y exótico. En el café de sobremesa, mi madre encendía los puros habanos de mi padre y se deleitaba un buen rato. Terratenientes y empresarios no dejaban caer el puro de la boca. Mientras, yo buscaba la libertad entre mis amiguillos pobres, y en mi ingenuidad intelectual, me los imaginaba libres de opinar lo que querían, sin tener en cuenta prejuicios familiares. Llegué a creer que solo los pobres eran libres.

¡Ah, las antiguas familias, qué mundo aparte! Disciplinario, absolutista, coactivo. Bien gordo y bien servido. Sin embargo, el rigor en la conducta de estas familias burguesas propició la creación de grandes obras literarias en el siglo XIX y aun en el XX. Yo mismo, al contemplar estas viejas fotos, veo la mía como una familia de novela. Reconozco ahora cuánto ha inspirado mi obra, nutriéndola de ambientes, personajes, conflictos y anécdotas, y entiendo la importancia de la familia como principal trasmisora de fortaleza en la lucha por la vida. A fin de cuentas, de ellas todo se hereda o se aprende.