Universitarios, los nuevos contagiadores

Critican que son «el chivo expiatorio» de esta segunda ola, pero ya tres ciudades han suspendido las clases por el aumento de casos entre estudiantes

Dicen que son el blanco injusto de todas las culpas. Álex García, del Sindicato de Estudiantes, critica que las administraciones hayan puesto el foco en los universitarios para tapar sus vergüenzas: «Se está achacando el aumento de la trasmisión del virus a los estudiantes, cuando el transporte público está a tope de gente y tampoco se han habilitado más espacios en los centros para garantizar una educación presencial segura. Se encubre la realidad y se falsea. Los casos de fiestas universitarias ilegales y multitudinarias son anecdóticos», denuncia, pero lo cierto es que la vuelta a las clases de miles de alumnos está provocando rebrotes no solo en los las facultades sino también en residencias y colegios mayores, lo que está poniendo en peligro no solo la docencia presencial, sino también la propia vida de las ciudades. En Salamanca, la consejería de Salud ha alertado de que las PCR entre jóvenes de 15 a 25 años están aumentando de manera considerable. Por eso, se plantean suspender las clases: «Están poniendo en peligro sus vidas y sus puestos de trabajo», alertaba el martes Casado en alusión a los comportamientos incívicos de algunos universitarios. La Universidad de Salamanca (USAL) ya está castigándolos con penas de expulsión. De hecho, ha iniciado los trámites para ejecutar los de 75 estudiantes que convocaron una barra libre.

En Granada, directamente, se han cancelado durante dos semanas ante el aumento de los contagios. La decisión se precipitó tras lo ocurrido el pasado fin de semana en la calle Ganivet, donde se concentraron multitud de jóvenes en esta zona de ocio y los brotes registrados en siete residencias universitarias, con un saldo de más de 150 infectados. La incidencia acumulada en jovenes de la ciudad está por encima de los 1.000 casos por cada 100.000 habitantes, pero la Junta de Andalucía ha aclarado que, de momento, no está en riesgo de confinamiento porque la ocupación en las UCIs es de apenas el 15%. La explicación es que la mayoría de los contagios se dan entre jóvenes que no requieren ingreso. En Cataluña, las universidades también se han pasado a la docencia online al menos durante las dos próximas semanas. No solo es una medida para reducir la movilidad ante el aumento desbocado de casos en el área metropolitana de Barcelona, de hasta un 425% en una semana, sino para atajar los brotes surgidos en dos residencias que han dejado más de 60 casos y 300 alumnos confinados. En Valencia, ha sido la Universidad Politécnica la que ha echado el cierre. La culpa: una macro fiesta organizada en el colegio mayor Galileo Galilei el 26 de septiembre y que se ha saldado con 168 infectados.

¿Pero es el cierre de los campus una medida efectiva para frenar los contagios? La rectora de la Universidad de Granada, Pilar Aranda, ya criticó la decisión de la Junta de Andalucía al no entender que se dejen «los bares abiertos y se cierren las universidades». Defiende que lo ocurrido en la calle Ganivet no tiene nada que ver con la vida estudiantil, porque «esa zona no es frecuentada por estudiantes» y cree que el foco de los contagios entre universitarios se producen en mayor medida en las residencias y colegios mayores. Desde la Conferencias de Rectores de las Universidades Españolas (CRUE) consideran que desde el ámbito académico «se están cumpliendo estrictamente las medidas higiénico sanitarias» y que para atajar los contagios entre los estudiantes no hay que cerrar los centros educativos sino «controlar las zonas de ocio». Asegura el CRUE que está primando el criterio de «proporcionalidad» para garantizar la «prestación del servicio con el principio de precaución».

Pero en esto no todos los estudiantes están de acuerdo. Juan Revilla, alumno de primer curso de Economía en la Universidad Complutense de Madrid (UCM) asegura que no se garantiza que las clases sean espacios «covid free». «Nos dan un spray y un rollo de papel para que limpiemos nuestras mesas porque no hay suficiente personal para desinfectar. De hecho, el propio rector de la UCM avisó de que no había presupuesto y algunos estudiantes ya están pidiendo firmas para que todas las clases sean online». Revilla reconoce que entre el alumnado no siempre se siguen a pie juntillas las normas, pero que ese incivismo no es solo cosa de jóvenes: «El primer día de clase un profesor entró sin mascarilla y como eres nuevo y no quieres que te cojan manía prefieres no decir nada».

Para Ainhoa Zarain, una estudiante de 22 años Ciencias Experimentales en la Universidad Rey Juan Carlos (URJC), el problema es que «pagamos justos por pecadores». En su facultad han organizado las clases de forma que cada grupo asiste presencialmente solo una semana al mes para «hacer prácticas, seminarios y exámenes». Y aunque el protocolo esté pensado para evitar contagios, «nos perjudica mucho en nuestra formación. Imagínate que te expliquen matemáticas por un ordenador, los profesores ponen de su parte, pero es difícil».

A este respecto el catedrático y profesor de Teoría de la Información de la UCM, Jorge Lozano, apunta que «la universidad es impensable sin un intercambio con los alumnos. Es transitiva, no reflexiva». Lozano sostiene que «es en la interacción donde se crea la universidad, en las clases, en los pasillos, en los seminarios, en las presentaciones de libros... el desarrollo tecnológico permite que alguien pueda verte impartir una clase, pero eso no es universidad».

Residecias y colegios mayores, en el punto de mira

Las residencias y colegios mayores son considerados los principales responsables de los contagios entre estudiantes, sobre todo tras lo ocurrido en la Galileo Galilei. «Aquí es imposible que esto suceda», asegura el presidente de la Asociación de Colegios Mayores de Madrid, Gabriel Beltrán. Él, que también es director del Colegio Mayor Alcalá, cuenta que ya en verano se diseñó un protocolo para garantizar la seguridad de los residentes, que va desde la reducción de aforos, limitación del horario de llegada, control de temperatura, uso obligatorio de mascarilla y prohibición expresa de acudir a otras habitaciones, junto con una tarea pedagógica entre los jóvenes para «concienciarles de su responsabilidad». «Claro que tenemos casos de Covid, pero el protocolo está para minimizar su impacto y evitar una trasmisión a gran escala», apunta Beltrán.

Gonzalo Egea, colegial de tercer año del Alcalá, asegura que «la vida típica de un colegio mayor en el que te relacionas con muchísima gente se ha visto mermada. Ahora, como todo el ocio nocturno está cerrado, vamos a terrazas y algún fin de semana al piso de un amigo, pero primamos la vida en el colegio». «Con el tema botellón ni te la juegas, hay mucha policía», insiste. Marta Esono, residente en el Colegio Mayor Mara, también prefiere salir con las otras colegiales «porque nos tenemos controladas». Ella es consciente de que vive en un espacio con otras 199 chicas así que «si antes salíamos a fiestas de 80 personas ahora no se nos pasa por la cabeza por la que podemos liar». Aun así, recuerda que son jóvenes y nece relacionarse: «No hacemos fiestas como tal, pero claro que vamos a bares y estamos hasta que nos echan».