“Historias del confinamiento”, reflexiones sobre uno de los periodos más tristes de la historia reciente

97 relatos que explican las vivencias y sentimientos generados por los efectos de la pandemia

"Historias del confinamiento"La RazónLa Razón

En un país en cuarentena tras anunciar el Gobierno esta radical medida en el Telediario más visto de la historia, miles de ciudadanos envían sus reflexiones para el nacimiento de “Historias del confinamiento”, libro que recopila los mejores textos recibidos. Son 97 relatos: uno por cada día de reclusión en el que quedan representadas todas las edades, géneros, gremios y estamentos. Una radiografía inédita de la sociedad, el autoexorcismo de un país que expresa sus alegrías, miedos, ilusiones e incertidumbres desde perspectivas diferenciales, desde una niña de trece años a un abuelo de casi noventa. Dicen que las mejores obras artísticas nacen de las épocas más convulsas. De modo que quien se pregunte cómo se siente todo un país tras una pandemia global dispone de la mejor respuesta en sus manos.

Reproducimos uno de los más significativos, el del periodista y escritor Javier Aguilar

CAOS ANTES DEL CONFINAMIENTO

La voz de la azafata que tomó el micrófono en la puerta de embarque número 67 del aeropuerto canadiense de Pearson Toronto sonó firme: “Les informamos que los pasajeros no europeos que no vuelen a Frankfurt, para conectar con otro vuelo con destino a un país no miembro del espacio Schengen. no pueden subir al avión. Es la última instrucción que acabamos de recibir con motivo de la crisis del coronavirus”, dijo en inglés con acento alemán. Los rostros de los más avispados mostraron una profunda decepción o una tranquilidad repentina. Pero otros no habían comprendido a quiénes afectaba el llamamiento. Detrás de mí escuché una aclaración de alguien con un timbre grave: “Tú eres europeo y puedes volar; yo soy estadounidense y no puedo subir al avión para quedarme en Alemania”. El murmullo de incomprensión crecía por segundos.

Ante el caos generado, la misma azafata volvió a tomar el micrófono minutos después: “Atención, los pasajeros europeos pueden viajar en el vuelo de Lufthansa 8471, los no europeos que sólo vayan a Frankfurt no lo podrán hacer y los que en Frankfurt hagan conexión con un vuelo con destino no Schengen, sí”. Quedó claro cuando lo explicó una tercera vez y las expresiones de tranquilidad fueron generalizadas, pero unos treinta pasajeros empezaron a abandonar abatidos las colas para abordar el finger. Sentí hacia ellos un sentimiento de solidaridad, pero qué podía hacer. Era un contratiempo más del COVID-19.

Estaba cansado. Faltaban pocos minutos para las ocho de la tarde. En pocas horas, había rodado 400 kilómetros en un coche de alquiler para dejar a mi hija en la casa de la familia donde se alojaba y volver a Toronto, directamente al aeropuerto. Hice el trayecto con la imagen en mi mente del “abrazo manco ladeando el rostro” que me pediste. Y las lágrimas.

Rocé con las yemas de los dedos mi pasaporte español. El alivio se mezcló con la tristeza de una abrupta despedida por la crisis sanitaria, camino de mi confinamiento en Estrasburgo. Y pensé que confinar, aparte de recluir, significa desterrar.