Un tercio de la humanidad ya no puede ver la Vía Láctea

El último atlas de contaminación lumínica en el mundo, presentado esta semana, advierte de que dos mil millones de personas de distintas partes del globo no ven las estrellas

Los países más perjudicados son Singapur, Italia y Corea del Norte.
Los países más perjudicados son Singapur, Italia y Corea del Norte.

El último atlas de contaminación lumínica en el mundo, presentado esta semana, advierte de que dos mil millones de personas de distintas partes del globo no ven las estrellas

Posiblemente el primer fenómeno natural que fascinó de verdad a los seres humanos fueron las estrellas. La visión prístina de millones de puntos luminosos en el cielo nocturno era el único entretenimiento, el único consuelo, la única fuente de sabiduría para una especie que aún no conocía los libros, la televisión, Google y la PlayStation. Eso quiere decir que algunos acontecimientos astronómicos, como el dibujo cotidiano de la Vía Láctea sobre nuestras cabezas a modo de chorro de leche infinito, eran contemplados por todos los habitantes inteligentes del orbe cada noche. Y por algunos no tan inteligentes: recientemente se ha descubierto que ciertas especies de animales, como el escarabajo pelotero, se orientan según la posición de las estrellas.

Pues bien, por desgracia, este espectáculo natural le es hurtado hoy en día a más de un tercio de los seres humanos. Más de dos mil millones de personas habitan en regiones del globo donde no se puede percibir a simple vista la Vía Láctea. La culpa la tiene la contaminación lumínica, uno de los más agresivos ejemplos de modificación humana del paisaje. La luz de las grandes ciudades brilla tanto que ciega nuestros ojos y nos impide ver el firmamento. Es como una suerte de neblina de luz artificial que bloquea el paso de la luz natural de los astros.

Antes de ayer se presentó el último atlas de contaminación lumínica en el mundo y, como es lógico, los países más ricos del planeta son los que cuentan con los cielos más pobres.

Utilizando imágenes de alta resolución tomadas por satélite y medidores de brillo de alta precisión, los autores de este atlas han podido determinar con cierta exactitud el grado de impacto de esta nueva forma de polución.

Los países más perjudicados son Singapur, Italia y Corea del Norte. En Canadá y Australia es donde pueden encontrarse más extensiones de cielo oscuro y limpio. Evidentemente, son dos de las naciones con mayor espacio virgen o semidespoblado. En Europa Occidental prácticamente todos los países hemos perdido la posibilidad de observar las estrellas sin obstáculos. Quedan reductos de cielo virgen en España, Escocia, Suecia y Noruega.

La mayor virtud de este nuevo mapa frente a otros similares que se han dado a conocer en los últimos años es que se ha realizado con tecnologías muy superiores. La imagen por satélite es de mayor resolución, se ha contado con medidores de «radiancia» del cielo mucho más potentes y baratos. Estos datos se han cruzado con información de la luminosidad emitida por las ciudades recogida por el satélite Suomi NPP de Estados Unidos, que tiene a bordo el primer instrumento diseñado internacionalmente para medir la cantidad de luz que lanzan al espacio las farolas, los carteles luminosos, las bombillas y los faros de los coches de las grandes urbes.

También se ha contado con una legión de voluntarios que, a modo de «científicos ciudadanos», han enviado datos desde sus respectivas ciudades para calibrar el instrumental.

El 20 por ciento de todos los datos calibrados, de hecho, proceden de voluntarios que en su día se apuntaron desinteresadamente al proyecto.

La contaminación lumínica tiene muchas causas. No son pocas las ciudades que mantienen sistemas de alumbrado anticuados, ineficientes y mal diseñados, y que, además, se utilizan en horarios que no son estrictamente necesarios para cumplir las funciones que pretenden. En muchos lugares, se utiliza con exceso la iluminación con cañones láser o proyectores de luz. No existen criterios unificados que regulen los horarios de la publicidad luminosa o de la decoración, con ese mismo sistema, de monumentos y edificios públicos.

Ante esta situación, cada vez más organismos internacionales proponen medidas drásticas que favorezcan el uso de luminarias no contaminantes, con pantallas que proyecten la luz hacia el suelo, que es donde realmente se necesita, con focos que emitan en espectros menos contaminantes como los de vapor de sodio. También se pide un estricto control de los horarios de uso de estos focos de luz en coordinación con las instituciones astronómicas locales.

Son medidas destinadas a evitar que, en menos tiempo de lo que pensamos, la humanidad se quede sin uno de sus patrimonios más antiguos y valiosos: la contemplación de las estrellas.