Nueva filosofía del turismo
Marc Rahola Matutes: "Hay que pensar en los hoteles como una pieza más del ecosistema del barrio, no como una burbuja"
El fundador y CEO de OD Group trabaja en transformar al turista en un viajero-vecino: "Alguien curioso, que se interesa por el lugar y para quien el hotel se convierte en una especie de embajada encargada de mostrar y explicar las maravillas del destino"
La turistificación es un problema del que damos fe quienes vivimos en una gran ciudad. Por eso, cuando surgen iniciativas como la del empresario hotelero Marc Rahola, es como si a uno le chutaran una botella de oxígeno directa a los pulmones. Entramos en el hotel madrileño OD (Ocean Drive), ubicado en plena plaza de Ópera, y desde el primer momento (incluso desde su diseño exterior) se nota que algo diferente se cuece en su interior.
Este hotel, que se puso en pie hace cuatro años y cuenta con 72 habitaciones con precios que oscilan entre los 200 y los 400 euros (evidentemente, las más exclusivas son las que ofrecen vistas directas al Teatro Real, visible desde las tumbonas de sus amplias terrazas), tenía claro desde el principio que su objetivo era mimetizarse con el barrio, pasar a ser uno más entre los vecinos. Ese «Neighbourhood» que llevan por bandera y del que hablamos con Marc Rahola Matutes, fundador y CEO de OD Group.
The Neighbormood propone que el hotel sea parte activa del barrio. ¿Cómo se traduce esa idea en decisiones concretas del día a día del hotel?
Para nosotros no es un concepto creativo, es una forma de ser y por lo tanto es una gestión orgánica y natural, no forzada. Se traduce en decisiones pequeñas pero constantes. En cómo abrimos el hotel al barrio, no solo para dormir, sino para desayunar, trabajar, tomar algo o ver una exposición. En a quién compramos, a quién damos visibilidad, a quién invitamos a pasar…
Se traduce en no pensar el hotel como una burbuja, sino como una pieza más del ecosistema del barrio. En recomendar antes el bar de la esquina que el sitio de moda. En adaptar horarios, usos y espacios a la vida real que pasa fuera. Y también en asumir responsabilidades: desde cómo gestionamos los residuos hasta cómo explicamos al huésped que cuidar el barrio empieza por gestos muy sencillos.
Es recuperar semántica, queremos cambiar ese “turista” por un viajero, que se interesa por el lugar que es curioso, y que el hotel sea la embajada encargada de explicar las maravillas del sitio.
En un contexto donde el turismo y la vida local a veces chocan, ¿qué papel cree que deben asumir los hoteles para contribuir a un equilibrio real con el entorno urbano?
Creo que los hoteles tienen una responsabilidad. Durante mucho tiempo el sector ha vivido de espaldas al impacto que genera. Hoy eso ya no es una opción. Un hotel tiene que ser mediador, facilitador y, en muchos casos, amortiguador. Debe ayudar a que el visitante entienda dónde está, cómo funciona ese barrio y qué se espera de él. Y al mismo tiempo, tiene que generar valor real para la ciudad, no solo económico. El equilibrio no se logra con grandes discursos, sino con coherencia: no expulsar, no uniformar, no colonizar. Apostar por la pequeña escala, por lo local, por lo que ya existe. Y aceptar que, si al barrio le va mal, al hotel también le irá mal, aunque no sea inmediato.
Al final lo local nos define en cada sitio de forma única, y esa unicidad es la que genera un valor no copiable y es aquel al que un viajero le acaba dando mucho más valor, así pues, si lo cuidamos somos generadores de cuidar aquello que tiene un valor para todos y no sólo para unos pocos.
Hablan de “viajar como un vecino y no como un turista”. ¿Qué experiencias o gestos hacen que un huésped realmente sienta esa diferencia? ¿Y un vecino?
Viajar como un vecino o viajero, como queramos llamarlo tiene más que ver con la actitud que con la agenda. Es sentir que no estás de paso, aunque solo te quedes tres días. Para el huésped, la diferencia está en los gestos: que le expliquen el barrio como te lo explicaría alguien que vive allí, que desayune donde desayunan los vecinos, que reconozca caras, que vuelva dos veces al mismo sitio y ya no tenga que pedir la carta. Y para el vecino, la diferencia está en sentir que el hotel no le roba espacio, sino que se lo devuelve. Que puede entrar sin sentirse fuera de lugar. Que el hotel también es suyo. Cuando eso ocurre, deja de haber “ellos” y “nosotros”. Y ahí pasan cosas interesantes.
¿Cómo se involucra al talento y al comercio local sin que se convierta en algo meramente decorativo o de marketing?
Con tiempo, con compromiso y pagando las facturas. Suena básico, pero no siempre se hace. Involucrar al talento local no es colgar un cuadro y hacerse una foto. Es dar espacio, continuidad y visibilidad real. Es programar actividades con regularidad, no como excepción, con el profesor de pintura del barrio en el hotel. Es encargar un taller de hierbas ibicencas en el lobby del hotel con el artesano local. Es que todas las exposiciones de arte de todos nuestros hoteles sean de artistas locales que recogemos en una guía de artistas locales, hoy en Ibiza, y mañana en otras ciudades.
Es que el helado se haga con un heladero local y con las naranjas del huerto de nuestro hotel rural. Es comprar el pan en el obrador del barrio. Es consumir producto local de forma estructural, no anecdótica. Y, sobre todo, es escuchar. Entender qué necesita el barrio y ver cómo el hotel puede sumar desde lo que sabe hacer. Cuando la relación es honesta y sostenida en el tiempo, deja de ser marketing y se convierte en comunidad. Y eso, además de más justo, es mucho más interesante para todos.