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De Prim a Dalí: tan catalanes como españoles

El nacionalismo catalán ha falseado la Historia por un motivo político, al presentar el pasado como un enfrentamiento constante entre una España opresora y tiránica y una Cataluña democrática, como una lucha permanente de españoles contra catalanes desde la noche de los tiempos.

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Jorge Vilches. 

Tiempo de lectura 8 min.

01 de octubre de 2017. 00:22h

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Jorge Vilches.  30/9/2017

El nacionalismo catalán ha falseado la Historia por un motivo político, al presentar el pasado como un enfrentamiento constante entre una España opresora y tiránica y una Cataluña democrática, como una lucha permanente de españoles contra catalanes desde la noche de los tiempos. La Historia seria dice otra cosa. Fueron muchos los que se sintieron tan catalanes como españoles, siempre, sin diferencias, en la política, la literatura, el arte, la economía o el ejército.

Agustina M. Zaragoza: la mujer que fue nombrada teniente

Conocida como «Agustina de Aragón», Agustina Raimunda María Zaragoza y Doménech nació el 4 de marzo de 1786 en Barcelona, y murió en Ceuta, el 29 de mayo de 1857. Era hija de una familia campesina de Fulleda (Lérida). Casó con un cabo de artillería que participó en la batalla del Bruch, y desapareció. Marchó entonces a Zaragoza con su hermana. La historia la sitúa allí un 2 de julio de 1808 en la puerta del Portillo, rodeada de muertos y heridos españoles, justo en el momento del asalto de las tropas invasoras. Agustina tomó una mecha y disparó el cañón que hizo retroceder a los soldados imperiales, dando tiempo a la llegada de patriotas que cubrieron la entrada. El general Palafox la condecoró con el distintivo de teniente, y los lemas «Defensora de Zaragoza» y «Recompensa del valor y patriotismo». Acompañó desde entonces al ejército por España, señaladamente en la defensa de Tarragona y en la batalla de Vitoria. Se casó en segundas nupcias con un médico carlista del que se separó. Marchó en 1853 a Ceuta con su hija Carlota, casada con un oficial de artillería. Allí murió, a los setenta y un años a causa de una fatal bronconeumonía, en su casa situada, no por casualidad, en la calle Soberanía Nacional.

De Prim a Dalí: tan catalanes como españoles

Antonio de Capmany: Testigo del «primer día» de libertad

Este barcelonés, nacido un 24 de noviembre de 1742, fue la figura más importante de la Ilustración española en Cataluña. Filólogo e historiador, Capmany es más conocido por su papel político. Participó de la exaltación patriótica española que surgió en Cataluña en la guerra contra la Francia revolucionaria, en 1793, y pasó a la oposición cuando Godoy se cambió al bando napoleónico tres años después. En 1808, en pleno levantamiento general, publicó «Centinela contra franceses», un «best-seller» en medio mundo. La portada mostraba un puño dentro de un círculo adornado con un eslogan elocuente: «De la unión la fuerza». El texto seguía la carta que Capmany dirigió a Godoy el 12 de noviembre de 1806, en la que pedía que se infundiera un patriotismo basado en el orgullo por la cultura, el idioma, las costumbres y las leyes españolas. Capmany fue uno de los 51 diputados catalanes que estuvieron presentes en las Cortes de Cádiz, presididas por Dou y Bassols (1742-1832), otro catalán. Propuso en 1811 que el 2 de mayo se convirtiera en fiesta nacional en recuerdo del primer día «de nuestra libertad», y que se colocara de inmediato una placa en las plazas mayores de todos los pueblos que llevara la siguiente inscripción: «Plaza de la Constitución».

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Joan Prim i Prats: Un militar que cambió la historia

Este militar nacido en Reus en 1814 cambió la historia del país. Su ambición política no le impidió perder sus dos guías: España y la libertad. Ya en el Senado, en 1858, dijo: «Me tengo por español de pura raza» por educación y «por amor instintivo». Luchó contra los carlistas durante seis años para defender las libertades, pero la acción militar por la que es recordado tuvo lugar en la Guerra de África. Allí lideró a los Voluntarios Catalanes, que se distinguieron por su valentía en la Batalla de los Castillejos. En la toma de Tetuán, el 4 de febrero de 1860, arengó a sus hombres diciendo: «Ha llegado la hora de morir por la honra de la patria». Dos días después, los catalanes entraron en la ciudad, siendo los primeros en ondear la bandera española. La vuelta a Barcelona resultó un viaje apoteósico como narró el también catalán Víctor Balaguer. En 1868 lideró la revolución que quiso establecer una monarquía democrática, aquella que enarbolaba el «¡Viva España con honra!». Llevó al gobierno al catalán Laureano Figuerola (1816-1903), quien creó la peseta como moneda nacional, y reprimió los alzamientos contra la democracia. Su muerte, que sucedidó en diciembre de 1870, tras sufrir un atentado, dejó huérfano a un país que estaba necesitado de líderes.

De Prim a Dalí: tan catalanes como españoles

Francisco Pi y Margall: Contra la separación de España

De Barcelona, fue uno de esos políticos típicos del XIX: jurista, historiador, filósofo y escritor. Preocupado por los problemas de España ideó un sistema federal, democrático y socializante, y fue uno de los líderes del Partido Demócrata, y luego del Partido Republicano Federal desde 1869. Defendió una federación fundada en el pacto, pero fue contrario al principio de autodeterminación. Por eso escribió en «Las Nacionalidades» (1877) que los contratos «no se anulan o rescinden por la voluntad de uno de los contratantes»; incluso las confederaciones, dijo, «podrían disolverse por el mutuo disentimiento de los que las establecieron, no por el de uno o más pueblos». Por eso se enfrentó a los cantonalistas en 1873, porque España podía ser federal, pero sus partes no se podían separar de forma unilateral. La Asamblea Nacional le eligió Presidente de la República en junio de 1873, sustituyendo al también catalán Estanislao Figueras. Solo duró un mes. A pesar de su fracaso no se pasó al catalanismo, como otros federales, sino que siguió pensando que «bajo una república federativa la nación española (...) se agranda y fortalece». En 1901, año de su muerte, dijo: «Siguem catalans, espanyols, humans».

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Domingo Batet Mestres: un azote para los militares africanistas

Marchó voluntario con 23 años a la Guerra de Cuba, donde ascendió a capitán. En la Península aumentó su prestigio, hasta el punto de que fue nombrado juez instructor del llamado Expediente Picasso, en 1922, para investigar las responsabilidades del Ejército en el desastre de Annual. Esto le granjeó la enemistad de militares africanistas, entre ellos Franco, pero ganó la simpatía de Alcalá Zamora y cimentó su republicanismo liberal y cristiano. El 6 de octubre de 1934 siguió las órdenes de Lerroux para sofocar el golpe de Companys, y desoyó las sugerencias de Franco de actuar con dureza. Batet (Tarragona, 1872-Burgos, 1937) se sentía catalán y español. Veía en la República el régimen legal y legítimo; por esto aceptó ser Jefe del Cuarto Militar del Presidente en 1935. Tras la victoria del Frente Popular no siguió, y fue enviado a Burgos con la 4ª División Orgánica. Allí le encontró el golpe del 36. No quiso sumarse, fue detenido y condenado a muerte. Los generales Cabanellas, Mola y Queipo de Llano pidieron su indulto, así como el cardenal Gomá. Franco se negó. Fue fusilado por sus propios hombres, el 18 de febrero de 1937, a los que gritó: «Disparadme al corazón, os lo pide vuestro general».

De Prim a Dalí: tan catalanes como españoles

Salvador Dalí: el grotesco ataque al mito surrealista

Este artista universal, surrealista, ecléctico y narcisista nació en Figueras en 1904. No necesitó nunca de la subvención oficial para vivir. Quizá por ello siempre repudió un nacionalismo al que veía como mediocre, provinciano y castrante. Huyó del país con la Guerra Civil, e hizo bien pues su hermana Ana María fue torturada en una de las checas que se instalaron en Cataluña con la aquiescencia de Companys. Regresó a España en 1949, y simpatizó con el franquismo a su manera, aunque Franco prohibió la publicación de «Vida secreta de Salvador Dalí». Saludó la democracia y la Constitución, como la mayoría de catalanes, pero el mundo nacionalista siempre le despreció. El escritor catalán Josep Pla le decía que era atacado por «razones políticas grotescas». La presencia de su obra en los museos catalanes estaba reducida a lo mínimo, mientras el Museo Reina Sofía adquiría sus cuadros. El ayuntamiento de Figueras retiró su nombre a una plaza y Dalí decidió dejar el país e instalarse en París o Mónaco. Tarradellas le convenció para que se quedara. Murió en Figueras, el 23 de enero de 1989. Sus últimas palabras públicas fueron: «Viva el Rey. Viva España. Viva Cataluña». Legó su extensa obra al Reino de España.

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Josep Tarradellas i Joan: De «Señor Albert» a President

«¡Ja sóc aquí!», exclamó en su impresionante recibimiento en Barcelona, el 23 de octubre de 1977, ante una multitud que respondió: «¡Volem l’Estatut!». Tarradellas, nacido en Cervelló en 1899, había sufrido la violencia generada por el deseo de imposición de una fórmula exclusivista, ya fuera nacionalista o comunista. En esos años, entre 1931 y 1939, vivió junto a Macià el nacimiento de ERC, y la pérdida de los valores republicanos. Desde su puesto de consejero se opuso al golpe de Companys, pero su compromiso le empujó a seguir al President en el despropósito. En el exilio, bajo el seudónimo de «señor Albert», intentó reconstruir la unidad de los partidos catalanes. En agosto de 1954 fue nombrado Presidente de la Generalidad, en la embajada de la República española en México. Tarradellas representó una línea dialogante, autonomista y de izquierdas, distante del independentismo. Las entrevistas con Suárez en 1976 y 1977 resultaron tensas pero fructíferas porque tenían el mismo objetivo: la democracia. Tarradellas le aseguró que se sentía tan catalán como español. El Rey Juan Carlos le nombró President provisional y a partir de ese momento luchó como los hombres de la Transición, por las libertades y la convivencia democrática.

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Jordi Solé Tura: votó contra el derecho de elección

Jurista e historiador, padre de la Constitución, nació en Mollet del Valles (Barcelona) el 23 de mayo de 1930. Siempre defensor de la democracia, antifranquista, apostó por el eurocomunismo de Santiago Carrillo desde el PSUC, mostrándose opuesto al totalitarismo de otros izquierdistas. Fue elegido para la Comisión Constitucional en el Congreso, donde el diputado Letamendia, de Euskadiko Ezquerra, propuso una enmienda para incluir en el proyecto el «derecho de autodeterminación». En el momento de la votación, Miquel Roca Junyent y Rudolf Guerra se levantaron por «urgencias fisiológicas» para no tener que votar. Solé Tura lo hizo en contra por considerar que dicho derecho solo era válido cuando se ejercía contra sistemas antidemocráticos en los que no se respetaban las libertades, lo que no era, ni es, el caso español. La ambigüedad de la izquierda en esta cuestión, escribió, solo alimentaba al nacionalismo, al que tildaba de «reaccionario». Es más; señaló que la independencia sería una «auténtica catástrofe económica y social» para los independizados. Solé Tura fue diputado nacional en cuatro legislaturas, ministro de Cultura con Felipe González, diputado del Parlament, y concejal en Barcelona.

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