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Dylan: Una nueva voz para seducir

  • Imagen de archivo de uno de los conciertos de Dylan
    Imagen de archivo de uno de los conciertos de Dylan
Alberto BRAVO. 

Tiempo de lectura 4 min.

07 de julio de 2015. 02:50h

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Alberto BRAVO.  7/7/2015

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Hace mucho, a finales del siglo pasado, Bob Dylan recorría el escenario de lado a lado pegado a su Fender Stratocaster mientras declamaba canciones corrosivas. Ahora, dos décadas después y con 74 años, el artista de Minnesota responde a la evolución natural de un hombre con la garganta desgastada por la erosión del tiempo y explota otra faceta muy diferente: la de «crooner», con todos los matices que haya que hacer. Eso es lo que mostró anoche en Madrid ante una amplia audiencia que se vació los bolsillos para ver la gran leyenda de la música americana. Y lo cierto es que sedujo con su propuesta.

Abrieron Los Lobos, a los que nunca se les podrá calificar como teloneros. La banda de David Hidalgo se sobrepuso al pésimo sonido para ofrecer un contundente show de una hora en el que enseñaron sus virtudes: eclecticismo, pasión, guitarras y verdad. Qué buenos son.

Poco después, y con la puntualidad acostumbrada, sale Dylan a escena protegido por la oscuridad. Abre con el trepidante ritmo de George Receli y una canción tan monumental como es «Things Have Changed». Ya entonces se ve que Dylan tiene la mejor voz posible para toda la tralla que lleva encima. Lo siguiente es palabra mayor, una colosal recreación de «She belongs to me», una de las escasas miradas que hará el artista hacia su pasado más lejano. Corona su exitosa deconstrucción con unos espectaculares sonidos de armónica.

Tras «Beyond Here Lies Nothing», interpretada con vigor por el grupo y Dylan, llega una de las cumbres del concierto con «Workingman’s Blues #2». Dylan ocupa aquí el centro del escenario para demostrar que pocos le ganan en el arte del recitado. Tiene ritmo en la voz y elegancia en el fraseo. Ahí radica parte del secreto de tantas emociones como transmite. Y la canción de «Modern Times» es un gran ejemplo.

Diferente es el caso de «Duquesne Wistle». Ocurre que no hay manera de que el hombre entre afinado al comienzo de las estrofas. Lleva dos años haciendo la canción en directo y no consigue entrar en tono. Lo salvan su esfuerzo al piano y el enrolle de la banda. Nada que ver con la gloriosa recreación de un clásico como «Tangled up in Blue». Es difícil interpretar mejor una canción que es una de las grandes obras maestras de Dylan, lo que equivale a decir que es una de las grandes obras maestras de la historia de la música. El autor hace de ella un auténtico milagro, derramando con suavidad y ternura esos versos únicos, salidos del lápiz de un genio de nuestro tiempo. Una interpretación que justifica el peso de una leyenda.

«Full Moon and Empty Arms» es la primera visita al recuerdo de Frank Sinatra y un homenaje de altura. Dylan sabe cantar este tipo de temas porque sabe cuál es su límite vocal y se adentra en otro tipo de terrenos, más emocionales. El brillante pedal-steel de Herron pone fin a la primera parte del concierto.

Dylan se toma un descanso de 15 minutos, como viene siendo habitual en los últimos tiempos, y comienza la segunda entrega con la apisonadora que es «Highwater», una buena muestra de cómo se puede pasar de la tradición a la atemporalidad con un acertado tratamiento musical. Después llega otro directo a la mandíbula con «Simple Twist of Fate», otra de sus más grandes composiciones de los setenta. Dylan susurra de nuevo y consigue que los soplidos de su armónica se integren en el sonido de banda para crear una nueva gema.

Sin embargo, lo que viene después propicia una caída en la montaña de emociones. Puede ser la mala secuenciación o lo inapropiado que es el Palacio de los Deportes para un recital de estas características, de íntimas necesidades. Así, la canción «Scarlet Town» es recia, como también lo es «Forgetful Heart», pero el concierto se le cae en esa parte. Lo aprovechan los pesados de turno para ir al baño o pedir una cerveza. El show se recupera gracias a otro monumento llamado «Long and Wasted Years», seguramente su última composición maestra hasta la fecha. Dylan se viste de predicador y derrama el asombroso texto con pasión.

Para entonces, buena parte de la audiencia está entregada y Dylan arrolla con los bises, que son «Blowin’ in the Wind» y el descarnado «Love Sick», otra de esas interpretaciones que quedan para el recuerdo. Dylan tiene una nueva voz y todavía es capaz de seducir. A sus años. Larga vida.

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