martes, 22 agosto 2017
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Libros

Hay varias escenas de la maravillosa película «El último con-cierto», que aún se puede ver en los cines, en las que un músico trata a su violín con una delicadeza obsesiva; sólo hay que verlo cuando lo saca del estuche, cuando rasga sus cuerdas, cuando conduce en buscar de las mejores crines de caballo. Ramón Andrés, en su enésima investigación de descomunal erudición y elegancia, hace algo parecido: toma el instrumento con la suavidad de su prosa excelsa y lo arropa con un grado de historicidad insuperable para cualquier otro especialista. Él no es explícitamente un historiador, pero su conocimiento de la musicología, de la literatura y de la pintura, como ya demostró en su magno «Diccionario de música, mitología, magia y religión» (2012), le coloca en el podio de los más sabios, del mejor historicista a través del arte. Andrés se propone estudiar la «música, pintura y ciencia en tiempos de Vermeer y Spinoza», es decir, lo que aconteció en esas tres materias durante el segundo tercio del siglo XVII.

Para ello parte del análisis del cuadro de Carel Fabritius «Vista de Delft con el puesto de un vendedor de instrumentos musicales» (1652), y explica cómo en esta localidad holandesa sucedió la explosión de un polvorín que a todos sus habitantes afectaría en mayor o menor medida, incluida la casa de Vermeer, y cómo se fue configurando una pléyade de pintores y artesanos en todo el país que se interrelacionarían intensamente. Estos artistas y el filósofo mencionado estarán «interesados por la dimensión que empezaba a abrirse a su mirada», aquella referente a la óptica y los espejos.

Instante congelado

Es el periodo de la invención del telescopio, de nuevas teorías sobre la perspectiva que atraen a pintores como Saenredam o Emanuel de Witte. La artesanía musical no es ajena a los adelantos técnicos, y el oficio de lutier es cada vez más reconocido, lo cual se refleja en las obras pictóricas: individuos afinando o tocando instrumentos protagonizan una enorme cantidad de cuadros, y eso le lleva a nuestro experto en Bach y Mozart a «entrar» en un taller de hacedores de violines, a indagar en «la música de las mujeres» y en el virginal –un tipo de pequeño clavicémbalo, «insignia de la música de los Países Bajos»– o a profundizar en la obra, de «orden geométrico», del organista J. P. Swee-linck. Así, el libro es un cruce de caminos: un músico afinando su instrumento, y un pintor congelando ese instante para siempre.

Afinando el pincel
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