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Marqués de la Ensenada, un «secretario de todo» en el Siglo de las Luces

Un libro homenajea a esta figura esencial de nuestra historia. Su papel fue determinante en la política de su tiempo, pero también se reveló como uno de los grandes representantes de la Ilustración de nuestro país

  • Retrato oval. El Marqués de la Ensenada pintado por Andrés de la Calleja
    Retrato oval. El Marqués de la Ensenada pintado por Andrés de la Calleja
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Ramón Tamames Madrid.

Tiempo de lectura 8 min.

03 de julio de 2017. 01:06h

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Ramón Tamames Madrid. 3/7/2017

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l libro de José Luis Gómez Urdiañez «El Marqués de la Ensenada. El Secretario de todo» (Punto de Vista Editores, Madrid, 2017) es más que digno de lectura y de comentario sobre el gran personaje que fue Don Zenon de Somodevilla y Bengoechea, riojano (1702). Marqués de la Ensenada, por decisión del rey Carlos III todavía en su etapa napolitana, es sin duda uno de los más vivos y espléndidos representantes de la Ilustración Española por su aguda inteligencia, su gran capacidad de trabajo, las ideas de progreso que defendió y el talante vitalista que siempre demostró.

Tras una infancia y una primera juventud poco conocidas, acumuló méritos en la Marina y después de muchos avatares, en 1743 llegó a ocupar, con Felipe V, los puestos de secretario de Hacienda, Marina e Indias. Por lo cual, su coetáneo el Padre Isla (SJ) le llamó «Secretario de todo». En ese sentido, fue digno sucesor de los ministros Patiño y Campillo del primer Borbón que reinó en España. De ellos aprendió para su proyecto de recuperar la grandeza de España.

Alto nivel

Al frente de sus tres importantes Secretarías del Gobierno, Ensenada entendió que la reforma de la Hacienda era fundamental para mantener la Monarquía al más alto nivel pensando a largo plazo. Y a fin de aumentar la recaudación, hizo confeccionar el Catastro (que lleva su nombre) de toda la Corona de Castilla para la determinación de la riqueza rústica de cara a establecer una contribución única que pagarían los más ricos: la Nobleza y el Clero. Aunque, todo hay que decirlo, la pérdida de los Países Bajos por el Tratado de Utrecht de 1713 aligeró la carga de continuos gastos que había producido ese verdadero Vietnam de España (por comparación de EE. UU. entre 1964 y 1979) durante el siglo XVII.

En cuanto a la Marina, Ensenada hizo una verdadera revolución indispensable contra la voracidad territorial y ubicua de Inglaterra. Construyó toda una Armada de grandes barcos en los arsenales de Ferrol, Cádiz y Cartagena, y también de La Habana y otros puertos de la América española incorporando nuevas técnicas inspiradas en lo más avanzado que entonces hacía Inglaterra merced al inteligente espionaje industrial de Jorge Juan en Londres y por los viajes de investigación de Antonio de Ulloa. Ambos supieron informar de casi todo: modalidades renovadoras de la ingeniería naval, instrumentos de navegación, nuevos cañones más poderosos y precisos, fabricación de lonas y jarcias, y muy especialmente la ardua tarea de la formación de marinería para las tripulaciones. En cuanto a su tercera Secretaría, las Indias, el Marqués introdujo reformas en el sistema virreinal de los extensos dominios conquistados en el siglo XVI con base en el Tratado de Tordesillas: el hemisferio español, toda América (menos Brasil, las Trece Colonias y Quebec) y el Lago Español, el Pacífico, con la posesión de Filipinas, las Marianas, la ruta de la Nao de la China, etc. En las Indias, Ensenada reorganizó los Virreinatos (México, Nueva Granada, Perú) y demás posesiones (Cuba, América Central, Venezuela, Chile, Río de la Plata...), de donde llegaron cantidades mucho más elevadas de plata con ingresos que hasta entonces no habían sido posibles merced a la mejor organización de la minería, con un importante crecimiento del «quinto real».

El libro de José Luis Gómez Urdañez es de lectura apasionante por lo que dice y cómo lo dice, y por el personaje que biografía; un relato más interesante que cualquier novela de las que hoy circulan en el mercado. Con un análisis en profundidad de las pugnas cortesanas, sobre todo en el Palacio de Aranjuez, que con sus jardines y falúas para navegaciones reales por el Tajo fue por entonces uno de los escenarios principales de las conjuras contra Ensenada. Por una aristocracia preterida en gran parte, con el Duque de Huéscar, luego de Alba, como gran conspirador anti-Ensenada. Aunque es cierto que el principal enemigo del Marqués fue Benjamin Keene, el embajador británico, que no cejó en su propósito de acabar con quien consideraba «el enemigo número uno de Inglaterra» por estar construyendo una Marina poderosa.

Muerte política

La conspiración final tuvo su tema central en el aprovisionamiento que Inglaterra hacía en la costa atlántica de Honduras de palo de Campeche. Esencial para los tintes de la ya más potente actividad textil de Europa, en los albores de la revolución industrial. A ese respecto, Ensenada quería preservar por entero la referida industria de tintes para España, llegando a pensar en el desalojamiento de los británicos de la zona de la Costa de los Mosquitos. Y fue esa aspiración –no corroborada en ningún documento– lo que sirvió para privar a Ensenada de todos sus inmensos poderes, desde el punto y hora en que el rey Fernando VI (el más pacífico de los Borbones) alertado por el mentado Duque de Huéscar, y sobre todo por la presión del embajador Keene.

Ambos alegaron que si Ensenada cumplía su propósito de expulsar a los ingleses de Honduras ello significaría la declaración de guerra desde Londres. Y así las cosas, Fernando VI, junto con su inseparable esposa (Bárbara de Braganza, siempre velando por los intereses de Portugal, aliado de Londres), decidieron la muerte política de Don Zenón: en julio de 1754 fue desposeído de sus cargos y desterrado a Granada. Cierto que como causa del destierro también se alegó el hecho de que Ensenada, con el apoyo de la todavía poderosa reina madre (Isabel de Farnesio, la viuda de Felipe V, residente en el Palacio de San Ildefonso de La Granja y velando siempre por sus hijos), quería desposeer de su reino a Fernando VI, para pasar la corona de España a su propio hijo, por entonces rey en Nápoles.

Ensenada estuvo en el destierro (Granada primero y luego el Puerto de Santa María) durante todo un lustro, hasta 1759, cuando murió Fernando VI. Lo que le permitió volver a la Corte, disfrutando de la amistad de sus amigos italianos que prevalecían en la corte de Carlos III: Esquilache y Grimali. Pero la inquina del Conde de Aranda hizo que tras el episodio del Motín de Esquilache (1776) –inducido por el propio Aranda contra los cortesanos napolitanos y sicilianos amigos de Don Zenón—, llevara a nuestro hombre a un segundo y definitivo alejamiento del poder debidamente residenciado en Medina del Campo.

El segundo destierro fue menos sonriente y plácido. Ya no cabía la previsión de volver: Ensenada (En sí nada, le llamaban sus enemigos) era ya viejo, 72 años. Y el «ensenadismo», la tupida red del partido que supo crear Don Zenon, estaba deshilachándose. El gran riojano, admirador de Luis XIV y de su superministro Colbert (en realidad, Ensenada fue el Colbert español de un mercantilismo altamente creativo), ya permaneció en silencio hasta su muerte, en 1781. Hoy, sus restos mortales yacen en el Panteón de Marinos Ilustres de Cádiz. Ensenada no vería en qué terminó su obra: las batallas navales de San Vicente (1797) y de Trafalgar (1805) acabarían con la gran Marina que con tanta energía había construido. A la Hacienda reordenada sucedió el deterioro. Y la América continental se perdió para siempre por la separación que se creó respecto a las Américas por la invasión peninsular napoleónica. El sueño de una España nuevamente poderosa se disolvió en la Historia de las décadas siguientes.

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