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«Por toda la hermosura»: Estamos condenados a la esperanza

Nieves Rodríguez y Manu Báñez combaten al «monstruo» de las guerras y los refugiados «mirando al pasado robado para poder alcanzar el futuro», dicen.

  • De izquierda a derecha, Ester Bellver, Javier Caramiñana, Esther Isla y Jesús Berenguer
    De izquierda a derecha, Ester Bellver, Javier Caramiñana, Esther Isla y Jesús Berenguer
Julián Herrero. 

Tiempo de lectura 4 min.

16 de junio de 2017. 03:23h

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Una tarde cualquiera, en casa y entre vinos, hablando de todo y de nada. Así se gestó «Por toda la hermosura –cartografía textual para un jueves–». Empapado por la actualidad de periódicos e informativos, a Manu Báñez le rondaba por la cabeza una idea que la soltó a su amiga Nieves Rodríguez: «Tenía en mente toda esa monstruosidad que se está gestando y que parece que no somos capaces de ver; hasta que llegue el día que levantemos la mirada y ya nos la encontremos bien formada. Aquello que conecta la guerra, las fronteras, los refugiados, la gente abandonada... La conciencia de lo que no queremos reflexionar o nos da un poco igual», recuerda el director. De esa manera, la guerra de Boko Haram en Nigeria, la de Siria, la de Ruanda y demás se unen en el escenario de la Francisco Nieva del Teatro Valle-Inclán para montar la función que firma Rodríguez.

Todos los conflictos sin citar ninguno. «También situaciones no tan bélicas como escuchar a los políticos en la tele, que nos despierta algo que rechazas», puntualiza la autora con la idea de analizar «los muchos espectáculos, de todo tipo, que nos llegan». Una sinopsis que fue cambiando a medida que se sumaban las semanas e, impulsado por la actualidad, tocaba mirar de un lado a otro en esta investigación del Laboratorio Rivas Cherif del CDN. No hay un lugar concreto, como tampoco un tiempo fijo, «salvo que siempre es jueves», explican. Sin cronotopos.

Pozo de tierra

Entre un país y la frontera de otro sitúan al grupo de personajes, una familia de desplazados que logra refugio en un bosque en el que deberán rebuscar en un pasado robado los resquicios necesarios para la hermosura, para seguir. Mirar hacia atrás para arreglar el futuro: «Todo para destapar la memoria y que ésta permanezca viva porque, de algún modo, el pasado tiene que ver con el presente y el futuro», analiza el director. Un trabajo que ha girado alrededor de la idea de desenterrar y enterrar dentro de una escenografía –de Alessio Meloni– propicia para el juego: «El espacio en el que viven los protagonistas es un pozo lleno de tierra del que cada uno debe ir tomando una memoria en la que apoyarse para mirar hacia delante», en palabras de Báñez.

Como teorizaba Zygmunt Bauman en «Retropía», donde afirmaba que la felicidad humana ya no pasa por alcanzar un futuro ideal, sino por encontrar una imagen del pasado que, aunque robado, se ha resistido a morir.

Tres generaciones, tres formas de entender el mundo: madre (Ester Bellver), hija (Esther Isla) y abuelo (Jesús Berenguer). Hace ya mucho que la primera mató por miedo, instinto y/o supervivencia al padre de Otro (Javier Carramiñana) y es ahora, en vísperas de un acuerdo de paz, cuando éste vuelve para vengar la muerte y, a su vez, afloran las dudas: ¿merecerá la pena o simplemente es algo estúpido?

Inesperado encuentro que irá transformando a cada personaje hasta encontrar la meta: «Dar con una paz íntima. Un recorrido para dejar el alma tranquila para seguir caminando», apunta Nieves Rodríguez. Ventana mínima al final del túnel que todos deben mirar como un mantra a alcanzar. «Los seres humanos estamos condenados a la esperanza –habla Báñez–. Porque, en el momento que no la tienes, ¿qué te queda? Nada. Tirarte por un precipicio. Relacionado directamente con vivir, aquí he encontrado una cosa que para mí tenía que ver con la hermosura, el dar con algo que no tiene que ver con una belleza idílica, sino con la idea de lo bueno y bonito, con las cosas pequeñas de la vida. Esa es la lucha que debe haber en esta función. Encontrar eso para poder escapar del horror que hay fuera». Un discurso con el que Rodríguez se puso «muy pesada durante los ensayos –dice–, pero entendida desde una perspectiva ética, que era como la entendían Aristóteles y María Zambrano, un referente para mí».

Mover ficha para seguir

Una esperanza que da la posibilidad de mover ficha y entrar en acción, como en el ajedrez –muy presente durante todo el montaje–. Nada divino. «La obra es una jugada inacabada en la que este juego simboliza la guerra, el campo de batalla –explica Rodríguez–. Es interesante desde el punto de vista temporal porque cuando se termina el turno pulsas el tiempo para dárselo al otro. Es una partida real que se juega en la escena, pero queda sin terminar porque se abandona cuando uno de los personajes muere». Los peones van desapareciendo y los caballos intentan comerse la guerra dentro de un mundo simbólico en el que el tiempo se ha detenido y en el que cada personaje podría ser una o varias piezas. La hija se define en la obra como «un peón aislado», «pero a veces es otra –cuenta el director– y la madre igual, puede parecer una reina, aunque realmente no pasa de peón». Cambian los papeles con los momentos, como la guerra que pasa del nivel macro a uno más interior en el que no se tiran bombas.

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