jueves, 27 julio 2017
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Juan Luis Arsuaga: «Lo más Neolítico que existe es un cocido madrileño»

  • Codirige el yacimiento de Atapuerta y le fascina la prehistoria desde que leyera en su infancia «El busca del fuego», de Rosny. Pero a este premio Príncipe de Asturias de la Investigación, que fue portada en la prestigiosa revista «Nature» –y autor de numerosos libros–, se le entiende todo cuando habla. Ilustra sus palabras como un maestro a la antigua usanza, mientras hace malabares con los huesos y los millones de años que nos separan de los ancestros que él encuentra en lo que un día fuera un vergel: la sierra de Burgos.

-No hay año sin descubrimiento en Atapuerca... ¿Qué aporta el cráneo hallado?
-Podría ser, después de «Miguelón», el segundo cráneo más completo del registro fósil mundial.

-¿Se trataría de un varón adulto, alrededor de la treintena?
-Prefiero no decir más hasta que no lo hayamos reconstruido. Sólo que vivió hace medio millón de años.

-Por aquella época se sitúa un importante hito evolutivo: ¿los orígenes de la consciencia?
-Exactamente. Esa época es fascinante porque es el origen de algo muy importante: la racionalidad.

-¿Podríamos encajar ese instante en el momento en que se crea el habla?
-Yo creo que sí, por esas fechas debió de originarse el lenguaje, el simbolismo.

-Luego, ese hallazgo ¡es la bomba!
-Es una época muy importante porque aparece algo que es un acontecimiento cósmico.

-Y no como los que anuncia Leire Pajín.
-(risas) Pero no atañe sólo al ser humano, sino a la materia viviente, a la historia del planeta, del sistema solar... ¿Quién sabe si de la galaxia y quién sabe si del universo?

-De momento se llamará cráneo 17, ¿terminarán «guionizando» su nombre?
-A éste lo llamamos «el último de la fila». Tras veinte años de descubrimientos, ha sido el último. Con él termina una «pared» y nos metemos en otro mundo completamente desconocido.

-Tienen ya cerca del 70% del cráneo... Quien no tiene paciencia no puede trabajar en esto, ¿no?
-Es un trabajo muy lento. Durante el año la especialista Ana Gracia irá reconstruyendo el cráneo a partir de restos increíblemente pequeños.

-Perdone la frivolidad, pero me recuerda a la serie de televisión «Bones».
-Exactamente hacemos eso, sólo que nuestros «muertos» tienen cientos de miles de años.

-El Museo de la Evolución Humana está funcionando muy bien.
-Sí, sí. Sin duda. Es una maravilla.

-Además nombraron a Doña Sofía Presidenta de honor de la Fundación.
-Además, la Reina está muy comprometida con este proyecto. Tiene un interés genuino que va más allá de sus funciones institucionales.

-¿Por qué se agolpan, precisamente en ese lugar, tantos ancestros? ¿Es una gigantesca «Almudena»?
-No lo sabemos.... Yo no creo en la lotería, pero la verdad es que esto parece una «doña Manolita paleontológica»: era una vía de paso geográfica, en una encrucijada, con diversidad ecológica, tres ríos que la bañan... Y cuevas, que son extrañas en la meseta del Duero. También se ha producido algo excepcional: en un caso –en la Sima de los huesos–, una acumulación intencionada de cadáveres. Y en «la Gran Dolina», un comportamiento raro: la antropofagia mantenida que nos ha dejado restos fosilizados.

-¿Qué ansía –qué espera–, qué intuye encontrar en la sima más famosa de la paleontología?
-¡Tantas cosas! Nos falta mucha información y tenemos grandes vacíos de tiempo, sin fósiles... Pero vendría bien una pelvis.

-Pero ya tienen a «Elvis».
-Sí, pero una femenina, y completa.

-Una de las aportaciones que ha logrado hacer Atapuerca ha sido el estudio de las diferencias de tamaño entre el cuerpo del hombre y el de la mujer, ¿cómo eran?
-Ellos y ellas eran muy anchos, más pesados. Eran más fuertes. Tenían un gran cilindro corporal. Ahora, nosotros somos más estilizados.

-Estamos más «avatarizados», en relación a ellos.
-(risas) Sí, los sapiens somos más alargados y más estrechos. Y ellas, además. tenían anchas caderas, que les facilitaba los partos.

-¿La organización se basaba en grupos familiares?
-Aunque eso es muy complicado de estudiar, nosotros suponemos que su organización era como la nuestra: en familias.


Siempre ha habido cotilleo

-Sin fuego ¿cómo podían llegar a vivir hasta los 50 años?
-Estamos trabajando en ello, pero hemos visto que algunos llegaban incluso a los setenta años.

-Y además con todos sus dientes...
-Los dientes estaban desgastados, pero los conservaban hasta el final. Los dientes picados y que se caigan, como nos sucede a nosotros, es una aberración actual. A ningún animal se le caen los dientes.

-Al ya ser una especie social, ¿también «chismorrearían»?
-Sí tenían lenguaje, sí. Los chimpancés también cotillean, porque en ello les va la vida.

-¿Habría seres «políticos» en Atapuerca?
-Se han escrito libros «sobre la política de los chimpancés», que son la especie más cercana a nosotros, y lo ejercitan. Hacen su «política», no sólo cuenta la fuerza bruta, sino el sistema de alianzas... Así es que podrían haber hecho eso nuestros antepasados, lo que explicaría la evolución de nuestro cerebro.

-Sabe que me interesa mucho lo de «la revolución de los garbanzos».
-Los garbanzos fueron una revolución que cambió el mundo. Lo más Neolítico que existe es un cocido madrileño, porque necesitas una olla –y es en el Neolítico cuando se empezaron a fabricar las vasijas de cerámica–, agua, garbanzos y un sabor de origen animal (cerdo, cordero). Se cuece y se come con cuchara de madera: Neolítico en estado puro. Cada vez que me como un cocido, pienso «esto es un regreso al Neolítico».

-¿Nos queda, como especie, algún salto evolutivo? ¿O ahora ya sólo podemos retroceder?
-Si intervenimos de forma artificial –genética–, sería la primera vez que interfiriéramos con la naturaleza y eso nadie lo sabe.

-Mucho ingenio para venir del mono.
-No venimos del mono: somos monos. Seguimos siendo monos. Somos del mismo grupo, los primates, que el resto de los monos.

-Y los homínidos de Atapuerca ¿eran nuestros abuelos o son solamente unos primos lejanos?
-Abuelos; de esos sí que venimos. Luego se separaron dos especies de ese tronco común, los neandertales por un lado y nosotros, por otro.

-¿Qué parecidos encuentra entre nosotros y los seres que habitaron Burgos hace medio millón de años?
-La cultura no ha moderado nuestra agresividad, en cambio lo que se puede discutir es si la ha exagerado más. El siglo en el que ha habido más muertos en conflictos fue el XX y estoy seguro de que habrá más en el XXI.


Un contador de historias
Es una especie de «Tusitala», un contador de historias, que fue como los aborígenes del sur del Pacífico bautizaron a Stevenson. Pero su humildad le hace quitar hierro al apelativo: «Sólo soy un carpintero de huesos. Eso sí –matiza– aunque estudie fósiles, analizo la vida. Me dedico a la vida, porque parece que los paleontólogos sentimos fascinación por la muerte. Y no, sólo es un vehículo para saber más de la existencia». Se dice que jamás podremos rescatar del todo lo que olvidamos, pero científicos como él se ocupan de que no sea así.

Sabedores de que no debe haber ningún choque en recuperar lo que fuimos, para, acaso, comprender la raíz de nuestra más endémica nostalgia: habernos desvinculado de la naturaleza.

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