jueves, 17 agosto 2017
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Albert Boadella: «Hay pocas terapias posibles para Cataluña»

  • Publica «Diarios de un francotirador», sus reflexiones sobre toros, España, gastronomía, política. En estado puro

Juglar, bufón, kamikaze y nadador contracorriente, Albert Boadella ha arremetido contra casi todo lo que se cruzaba en su camino a lo largo de su vida. Aunque acaba de retirarse de Joglars, su actividad no para: esta semana llega a las librerías «Diarios de un francotirador» (Espasa), un libro de reflexiones surgido de sus desayunos con su esposa, Dolors, una presencia estimuladora para sus convicciones y opiniones, aunque es Boadella a la postre el que firma cada palabra recogida en estas páginas durante los últimos tres años. Boadella habla de todo: España, Cataluña, los toros, el arte, la gastronomía, la democracia, los políticos... «Han sido tres años horribilis para la historia moderna de España», reconoce el dramaturgo y director teatral.
-El libro es todo un retrato subjetivo del país en el que vivimos, desde la cuestión autonómica a las costumbres sociales actuales. ¿Qué es España hoy para Albert Boadella? 
-En este momento, es un país en proceso de desestructuración. Si somos optimistas, podemos pensar que es para una nueva estructuración. Si no lo somos tanto, es un Estado degradante que nos puede conducir a la nada, a que lo que nos es común pierda todo el sentido. 
-Dice en el libro sobre Cataluña: «El hecho diferencial en cuestión es el brote de fantasía exacerbada que se ha expandido por todo el territorio regional». O La pregunta inmediata es: ¿Qué es Cataluña hoy?
-Es una sociedad que ha entrado en una patología muy paranoica y eso la aleja de la realidad, que es algo que parece insólito en una región que se había caracterizado por lo que llamaban el seny, el sentido común básicamente. Con esa patología, puede suceder cualquier cosa, porque lo que haga el resto de los españoles para solucionar el problema será tomado como una agresión. Hay pocas terapias posibles.
-¿Qué sensaciones le deja la campaña de las autonómicas? ¿Ha empeorado ese «delirio regional» del que habla? ¿Hay cura?
-Hay dos: en el caso de Galicia, creo que mantendremos los muebles. El caso del País Vasco es más complicado, a pesar de que siempre he creído que los vascos son casi un tópico del español. Se me hace muy difícil verlos al margen de España. Me parece casi como una parodia. Pero el camino es éste. Tanto Cataluña como el País Vasco sabemos lo que quieren hacer. Lo que no sabemos es qué quiere hacer  el Gobierno de España ante ello. Y nos interesa a todos los españoles saberlo.
-¿Y cómo ve a las fuerzas políticas españolas ante esta situación?
-El caso del PSOE está en una posición en la que trata también de salvar muebles, en el sentido de no ponerse de frente a los nacionalistas. Empieza a inventar federalismos y cosas así parecidas. Hace dos días que estaba totalmente de acuerdo con las autonomías y ahora ya no sirve. Es una actitud claramente demagógica. En el caso del PP, creo que está acomplejado. En el fondo, los nacionalistas han conseguido acomplejarnos, porque el victimismo que siempre muestran logra a veces sus objetivos:  les da miedo una actuación enérgica.
-¿A qué se refiere por una actuación enérgica?
-Al cumplimiento de las leyes, empezando por detalles que pueden parecer tan marginales como que cualquier Ayuntamiento de Cataluña en este momento tiene la bandera independentista. Y eso no creo que sea legal: están obligados a tener la catalana y la española.
-Ayer desayunamos con un desafío sobre el uso de los mossos de esquadra. Aunque estos han dicho que no son el ejército de nadie...
-Muestra el talante de los dirigentes catalanes en este momento. Desde el punto de vista de un estadista, hay una gran distancia en esta consideración. Lo que sucede es que a una parte de la clientela que tienen esto les gusta, no hay que olvidarlo: ellos trabajan no únicamente para retar al conjunto del Estado, sino para ir excitando a su propia clientela. Han conseguido dos generaciones que odian España. Ya me dirás cómo se refrigera este incendio.
-No es optimista sobre el futuro de ese posible referéndum del que hablan, y del futuro de Cataluña dentro de España. Algo que no llega a abordar en estos diarios, cuya última página lleva fecha de julio pasado.
-Sí, en el día de mi aniversario, el 29 de julio. Todo esto, te digo por dónde irán los tiros: cuando hablo del referéndum de Areins, el primero, el conjunto de los medios de España lo tomaron un poco a cachondeo. Pero yo digo: no es uno, serán cientos. Desde que empezó a gobernar Pujol la Generalitat hasta lo que está sucediendo ahora es un proceso de una gran coherencia: todos los presidentes han seguido en la misma línea, y en aquel momento quizá se podía parar, pero no se hizo en el momento oportuno. Ahora, esto ya es como un enfermo al que no hay forma de volver a curarlo.
-En el libro da un repaso a los periódicos y cadenas de Cataluña...
-Es que trabajan para el régimen. Si los catalanes tuvieran una información muy precisa de lo que puede suceder, en caso de secesión, de lo que ésta representa como fractura social en las propias familias, algo que existe ya, y por otro lado de las consecuencias económicas del tema, lo que representa de una salida del euro, y si no quieren ir a la peseta, al maravedí, aunque a lo mejor dirían que la peseta es un invento catalán... En fin, si los ciudadanos tuvieran esa información seguramente habría una parte muy improtante que reaccionaría y no entraría en este juego.
-No sólo habla de política. Demuestra su escepticismo sobre el arte contemporáneo. Y eso abarca de Picasso a ARCO. «La entronización de la nada», lo llama.
-Mantengo que Picasso era un hombre dotadísimo que hubiera podido ser un Velázquez, pero, como sucede con muchos artistas, desvían una línea natural del arte, de la tradición, para buscar una cierta singularidad. Picasso tiene esta responsabilidad. Sus monstruos son graciosos. Pero él rompe con eso y los que vienen detrás no son tan graciosas como Picasso. Sucede algo parecido con Wagner, quien rompe la línea de Brahms. Hay momentos, minutos sensacionales, y cuartos de hora insoportables.
-¿Sólo cuenta el camino del arte hasta Velázquez? ¿No teme que Barceló o Tàpies, dos de sus objetivos, sean clásicos dentro de varias décadas y eso le deje como el reaccionario que se negó a entenderlo?
-Es una posibilidad, creo que remota, muy remota, porque estamos viendo cómo poco a poco se desmonta este aparato. Ya hay unas tendencias de retorno a codificar de nuevo el arte como elemento esencial de comunicación con el espectador. En el propio teatro, que también sufrió estos embites... recuerdo las épocas del teatro dadá, una parte del teatro del absurdo... Pero el público colocó las cosas en su sitio: en el momento en que se rompe la comunicación, el arte está perdido. Y un problema con las artes de vanguardia es esa ruptura.
-Defiende la tauromaquia en un largo pregón cargado de razones. Un decálogo con un punto de mala leche al final: «La décima y última razón de mi afición taurina es que tenemos a los antitaurinos». ¿No cree que se está llevando al toro de la opinión pública a su terreno?
-El hecho de que haya antitaurinos obliga a reconsideraciones: me parece importante que el mundo taurino reconsidere muchísimas de sus actitudes y sepa defenderse, ante la opción de gente que está en desacuerdo con  lo que consideran una crueldad, una tortura, etc... Hasta ahora, los taurinos no tenía más razón que apelar a la tradición. Los antitaurinos han obligado a hacer una reconsideración sobre los valores de la tauromaquia, en algunos casos muy interesante y profunda. En España se ha sido más reacio, pero Francia lo ha hecho fantásticamente bien.
-También carga contra la cocina de vanguardia: «Es como comerse un cuadro abstracto», asegura. Y dice de un cocinero: «Nos informan de que está galardonado con una peligrosa estrella Michelin».
-La verdad es que las estrellas michelin me hacen desonfiar en todos los sentidos. No me fío: hay una pérdida de sensualidad en la cocina, ese olor, es cosa cálida que tenía la cocina de la abuela, eso se ha perdido.
-No confía mucho en el poder del pueblo, y se libera de correcciones políticas: «No tengo la impresión de que la chusma haya desaparecido». ¿Pero ésa es la esencia de la democracia, no? Ellos son pueblo y votan también...
-Sí, y es un problema, es el problema que tiene la democracia: cualquier insensato tiene los mismos derechos que tú. Y sucede que la demagogia utilizada por el mundo de la política y por determinados «lobbies» de comunicación afecta a los más insensatos, que no son pocos. ¿Qué hay que hacer? Una de las cosas es no estimular el voto, eso de «¡vayan a votar!». En absoluto, que vote sólo quien crea que aquello es importante.

Espíritu de león
Escrito en forma de diarios a partir de las conversaciones con su mujer, en el libro descubrimos al Boadella más inédito, en su retiro campestre catalán, en plena vida rural. «Hay una versión de mi persona pública queno se ajusta totalmente a la realidad. La gente piensa que soy un tipo que anda dando guerra todo el día. Y es todo lo contrario: hay un porcentaje altísimo, mucho más que el cincuenta por ciento de mi vida, que es una vida de enorme placidez, de pequeñas cosas, de una relación íntima, profunda, con una mujer, con mis hijos. Una vida en el fondo burguesa, de un cierto refinamiento y de una cierta placidez. Lo que cuento en el libro, estos desayunos, que son también comidas y cenas, lo vengo haciendo desde hace muchos años». Y aclara: «Pero tengo espíritu de león, es algo que me lo dice mi mujer. Ya demás soy Leo, y de cuando en cuando salgo a pegar dos mordiscos», dice.

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